miércoles, 15 de junio de 2011

Lecturas para el café del 26 de junio

Amigos, actualizamos y completamos las lecturas para el próximo encuentro del 26 de junio. Verán que, además, hemos comenzado a publicar por capítulos "El Gran Divorcio" de C. S. Lewis. Recuerden (y no se confundan) que esta lectura no es para el próximo café sino para el siguiente. lo que hay que leer ahora es lo que sigue más abajo. De todos modos, tampoco hay que dormirse con la lectura de Lewis.
Mis saludos a todos.


La Leyenda de San Francisco

G. K. Chesterton
            San Francisco, que jugaba en los prados del cielo, había sido informado por su biznieto espiritual Fray Bacon (que se interesaba por las cosas nuevas y curiosas) de que el mundo moderno estaba a punto de presenciar una importante celebración en honor del gran fundador. San Francisco, aparte de su gran amor hacia los miembros de su comunidad, sintió un deseo incontenible de estar presente; pero el beato Tomás Moro, que había visto el comienzo del mundo moderno y tenía sus dudas, movió la cabeza con ese humor melancólico que hacía de él una compañía tan encantadora.
–Me temo –dijo– que encontrarás muy desolador el actual estado del mundo para tus esperanzas de Sagrada Pobreza y de caridad con todas las cosas. Incluso cuando me fui (bastante bruscamente), los hombres empezaban a apoderarse codiciosamente de la tierra, a acumular oro y plata, a vivir nada más que para el placer y el regalo en las artes.
San Francisco dijo que estaba preparado para eso; pero aunque bajó a la tierra preparado en este sentido, al pasearse por el mundo se quedó perplejo.
            Al principio tuvo cierta esperanza, no desprovista de santo temor, de que toda la gente se hubiera hecho franciscana. Casi nadie tenía tierras. Muchísimos estaban sin hogar. Si era verdad que todos habían estado acumulando propiedades, resultaba extraño que casi nadie tuviese nada. Entonces se encontró con un Filántropo, que le confesó que tenía ideales muy parecidos a los suyos, aunque no los exponía con la misma claridad; y San Francisco tuvo ocasión de disculparse, con todos sus buenos modales característicos, porque su voto le prohibiera llevar oro o plata en la bolsa.
            –Yo nunca llevo dinero encima –dijo el Filántropo asintiendo con la cabeza–. Nuestro sistema de crédito se ha vuelto tan completo que en realidad las monedas resultan anticuadas.
            Acto seguido sacó un trocito de papel y escribió en él;  y el santo no pudo sino admirar la hermosa fe y simplicidad con que se aceptaba este garabato como sustitutivo del dinero en efectivo. Pero según ahondaba más en la conversación con el Filántropo, se iba volviendo más escéptico y desasosegado en su fuero interno. Por ejemplo, era indudable que, debido a ciertos votos sumamente respetables, el Filántropo y la mayoría de los demás comerciantes vestían de negro, de gris y de otros colores austeros. Desde luego, daba la impresión de que, en un rapto de humildad cristiana, se habían ataviado lo más horrendamente que podían, con unos sombreros y unos pantalones absolutamente espantosos para la sensibilidad artística del italiano. Pero cuando se puso a hablar con amable temor del sacrificio que hacían, y de lo duro que había sido incluso para él renunciar a las túnicas y capas púrpura, a los cinturones y los puños de espada dorados de su alegre y gallarda juventud, se quedó desconcertado al enterarse de que en esta época los mercaderes de su mismo gremio jamás habían sentido siquiera la tentación de llevar espada. Cada vez se iba convenciendo más de que pertenecían a un orden espiritual más puro que el suyo; pero, como este sentimiento no era nuevo para él, seguía confiando a estos ascetas los defectos de su propio ascetismo. Les contó cómo había gritado: “Aún puedo tener hijos”, y cuánto lo atraía la vida familiar; cosa de la que todos se rieron y empezaron a explicar que pocos tenían hijos ni querían tenerlos. Y mientras seguían conversando, esa comprensión que está terriblemente alerta incluso en el más inocente de los santos empezó a apoderarse de él como una parálisis espantosa. No está claro si comprendió completamente cómo y por qué se negaban a sí mismos este placer natural; pero lo que sí es cierto es que regresó al cielo precipitadamente. Nadie sabe lo que piensan los santos en realidad, pero hubo quien dijo de él que había llegado a la conclusión de que las malas personas de su época eran mejores que las buenas de la nuestra.

BUENOS DÍAS, POETA 

Alfredo Bufano. (Colinas de alto viento)

Decir quiero unas cosas para tu poesía
con augurales tréboles de ancha cuaderna vía
y habla entre antigua y nueva, clara de bizarría,
magüer los tiempos estos de gran bellaquería.

Sabrás que lengua habemos hermosa cual ninguna;
temple de acero tiene, claror de limpia luna;
lirio, cristal y hierro ella en su sangre aúna.
Lengua es de veinte pueblos, que no es poca fortuna.

Secreto del saber es leer. ¿Quién lo duda?
Mas después de esto hecho, quede el alma desnuda.
Si tal cosa no logra, lo leído trasuda,
y antes que esto le pase mejor tenerla muda.

En conocer gramática pon toda tu ufanía;
viril gozo es domarla como a mujer bravía.
De aquel que despreciábala Juan Valdés decía
que holgábase en tal fiesta porque no la sabía.

Y con mayor justeza lo dijo el Licenciado
que don Miguel dejónos y Vidriera llamado:
“La gramática es puerta de toda ciencia”. Honrado
parecer que fue dicho para ser recordado.

Mas si saberla es bueno, no lo es seguir su huella
torciéndonos el alma para alegría della.
Si entre estrella y gramática te hallares en querella,
que muera la gramática y que viva la estrella.

Sea la claridad tu más firme camino.
De nada han de valerte mucho seso y buen tino
si es la palabra brozna, si el decir es ladino.
¡Puros, límpidos, castos: sintaxis, verso y vino!

Muchos un día holgáronse en decir raras cosas:
ahogábanlas, hacíanlas de intento tenebrosas.
Nadie las entendía, nadie hallolas sabrosas.
¡Yo sigo prefiriendo la beldad de las rosas!

Yo continúo amando la lección de las flores,
la del viento y las aguas y la de los pastores,
la de la huyente nube con sus varios colores.
¡Y la de mis angustias y mis propios dolores!

Así logré mi verso, día a día labrado,
por mi sufrir ceñido, con mi sangre regado.
E él dí lo que a mi alma por Dios fuérale dado.
¡Si no es para la gloria, tiéneme sin cuidado!

La imagen ha de ser caza de altanería.
Buenos halcones, buenos neblíes a fe mía
has menester si quieres alcanzar reyecía
es cosa tan fácil y de tanta valía.

Abrévate en los hondos y eternos manantiales
de Dios y de la Patria. Los poetas cabales
son siempre de su pueblo, cual los ríos caudales,
cual las constelaciones y los claros trigales.

Y si no, que lo digan Juan Ruiz, el castellano,
el Marqués y Manrique (¡no tiembles, pobre mano!),
la Santa que hizo suyo lo divino y lo humano,
y otros muchos que dieron luz eterna a lo hispano.

Aquellos que se nutren de triste harina ajena
podrán por un momento parecer cosa buena.
Mas cuando la hora grande de la justicia suena,
queda tan solo dellos un poco de arena.

Porque la Patria es esto que da perpetua vida,
que jadea, que suda sangre reverdecida,
que nos quema las carnes como gleba encendida.
¡La Patria ha de dolernos como duele una herida!

Por ahí un criticuelo te dará en las costillas,
de esos que a tus dolores llaman pobres cosillas.
El sapo a la luciérnaga cazó entre las gramillas
diciéndole, se sabe: “¡Te engullo porque brillas!”

No importa que te hiera con su propia quejada.
Tu callarás. ¡Es justo que él gane su solada!
¿Qué haría el mesonero sin huésped ni posada?
Tú sigue dando al hombre la luz que te fue dada.

“Nunca menos ocioso que cuando estés ocioso,
Escipión Africano nos dice. ¡Dulce gozo
de la vida semilla eterna que germina en reposo,
viva, anhelante, inmóvil en sueño laborioso!

Da tu verso y no pienses que alguien oye tu acento.
¡Que lo lleve la gloria, que lo derrame el viento!
Deja proscenio y ruido para gallo y jumento.
¡Canto y llanto se amasan con el mismo elemento!

Sea tu ejemplo el agua tenaz y labradora;
ella eriales fecunda, duras piedras labora,
mueve recios molinos, canta, murmura y llora.
¡Empero nunca he hallado más humilde señora!

El guacamayo ostenta vanidoso plumaje;
las flores bien podrían rendirle vasallaje.
Su canto, sin embargo, es peregrino ultraje.
¡La alondra no arma nunca pendencia por su traje!

Deja el oro y la pompa con todo su dolor
para el necio y el vacuo, para el pobre señor
que pasa deslumbrando con su gran resplandor.
¡Ser cual las correhuelas del campo es lo mejor!

No olvides que los reyes suelen ser pordioseros.
Valen más paz y harina que sobrados dineros.
Nunca hubo en la tierra poetas verdaderos
que no fuesen tan pobres como nuestros horneros.

Entre ciudad y aldea no dudes ni un momento.
El campo es la dulzura de la estrella y el viento,
de la flor, del olvido, del humilde sustento,
del alba y de la luna, del buen recogimiento.

Antonio de Guevara, con gran sabiduría,
lo dijo con palabra más alta que la mía.
Yo dígote que el fraile buenas cosas decía
con recia voz que el tiempo no borra todavía.

En la ciudad dormimos, en el campo velamos;
en aquella perdemos lo que más anhelamos;
aquí en salud vivimos, allá nos malrotamos
y antes al mundo ardiente de Lucifer nos vamos.

¿La soledad? ¡Maestra de mucha autoridad!
No hay obra no grandeza sin su buena amistad.
Haz en ella tu mundo de luz y de verdad,
y de amor sin confines, y de eterna bondad.

Mas vive con tu pueblo. Sé primavera y flor
de su antigua esperanza, de su oscuro dolor.
Canta por él con limpio, renovado fervor.
Si esto haces sin esguinces, será tuyo el honor.

¡Agrios tiempos vivimos! Ocupa tu lugar,
sea para morir, sea para cantar.
Donde mejor te vean si es fuerza guerrear;
donde más escondido si es hora de sembrar.

Y Aquí mi exida busco. Estas palabras mías,
unas veces jocundas, otras veces sombrías,
te as doy con llaneza, sin muchas cortesías,
como quien da unas rosas o dice buenos días.

Si pedante creísteme, te habrás equivocado.
Tales cosas no dije con ánimo menguado.
Nunca nombres lucientes me he puesto no prestado.
Tierra soy. ¡Mucho anhelo ser a ella tornado!





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