martes, 21 de junio de 2011

El Gran Divorcio. Capítulos 8 y 9

8
—¿Dónde piensa ir? —dijo una voz de fuerte acento escocés.
Me detuve a mirar. El sonido de los unicornios hacía mucho que no se escuchaba y la huida me había llevado a campo abierto. Vi las montañas donde yacía ese sol inmutable. En primer plano había tres pinos en una pequeña elevación junto a unas grandes rocas planas y algunos brezos. En una de las rocas estaba sentado un hombre muy alto, casi un gigante, de barba muy larga. Hasta ese instante nunca había mirado cara a cara a ningún sólido. Ahora, al hacerlo, descubrí que se los ve con una especie de doble visión.
Allí estaba un dios brillante, entronizado, cuyo espíritu sin edad pesaba sobre el mío como un fardo cíe oro puro. Y, al mismo tiempo, allí había un anciano golpeado por todos los climas, quizás un pastor de otros tiempos; un hombre de esos que los turistas encuentran simples porque es honrado y que los vecinos encuentran "profundo" por la misma razón. Sus ojos tenían esa mirada de largo alcance de los que han vivido mucho en lo abierto, en lugares solitarios. Me pareció adivinar la red de arrugas que los debía rodear antes de que el renacimiento los limpiara con inmortalidad.
—No lo sé... muy bien —dije.
—Se puede sentar entonces, y conversar conmigo —agregó, y me hizo sitio en la roca.
—No lo conozco, señor —le dije, y me senté a su lado.
—Me llamo George —respondió—. George MacDonald.
—¡Oh! —exclamé—. ¡En tal caso me podrá contar! Usted sí que no me va a engañar.
Entonces, en el entendido de que estas expresiones de confianza requerían de alguna explicación, intenté, algo tembloroso, de decirle a este hombre todo lo que sus escritos me habían significado. Traté de contarle que una tarde helada en Leatherhead Station compré un ejemplar de Phantastes (tenía yo apenas dieciséis años entonces) y que ese libro fue para mí lo que la primera visión de Beatrice fue para Dante: aquí empieza la vida nueva. Le empecé a confesar cuánto había tardado esa vida en abandonar las regiones de lo puramente imaginario, cuan lenta y reticentemente había llegado a aceptar que su cristiandad tenía una conexión más que accidental con ella, cuánto me había esforzado en no ver que el nombre verdadero de la calidad que encontraba en sus libros era lo sagrado. Me tomó una mano y me interrumpió.
—Hijo mío —me dijo—, tu amor —todo el amor— me resulta muy valioso. Pero ahorraremos bastante (en ese momento me pareció muy escocés) si te informo que ya estoy enterado de esos detalles biográficos. De hecho, ya he notado que la memoria te engaña en un par de detalles.
—¡Oh! —exclamé, y me quedé inmóvil.
—Has comenzado —dijo mi maestro— a hablar de algo más beneficioso.
—Señor —dije—, casi lo había olvidado, y en realidad no estoy muy ansioso de conocer la respuesta ahora, aunque la curiosidad no me abandona. Sobre esos fantasmas. ¿Se queda alguno de ellos? ¿Se puede quedar? ¿Tienen la opción? ¿Cómo llegan acá?
—¿Nunca oíste hablar del Refrigerium? Un hombre de tus antecedentes debería de conocerlo, por Prudencio. Y no hace falta mencionar a Jeremy Taylor.
—El nombre me resulta familiar, señor, pero creo que olvidé lo que significa.
—Significa que los condenados tienen vacaciones..., excursiones, comprendes.
—¿Excursiones a este país?
—Para los que quieran hacerlas. Por supuesto, la mayoría de esas tontas creaturas no lo hacen. Prefieren regresar a la tierra. Van y les hacen trucos a esas pobres mujeres que llaman médiums. Van y tratan de recuperar la propiedad de alguna casa que alguna vez les perteneció: y así se forman los llamados fantasmas. Ó van a espiar a sus hijos. O los fantasmas literarios se pasean por las bibliotecas públicas para ver si alguien lee todavía sus libros.
—¿Pero se pueden quedar verdaderamente los que vienen acá?
—Sí. Habrás oído que el emperador Trajano lo hizo.
—Pero no entiendo. ¿El juicio no es final? ¿Hay una salida desde el infierno hacia el cielo?
—Depende de cómo uses las palabras. Si dejan esa ciudad gris, ésta deja de ser el infierno. Para todo el que la deja es el purgatorio.
Y quizás no convenga que llames cielo a este lugar. No cielo profundo, comprendes.
Me sonrió.
—Puedes llamarlo el valle de la sombra de la vida. Y, sin embargo, para los que se quedan es el cielo desde un principio. Y puedes llamar a esas calles tristes de aquella ciudad el valle de las sombras de la muerte. Pero para los que se quedan allí es el infierno incluso desde el principio.
Supongo que advirtió que estaba confundido, porque volvió a hablarme.
—Hijo mío —me dijo—, en tu estado actual no puedes comprender la eternidad. Cuando Ánodos miró por la puerta de lo sin tiempo no obtuvo mensaje alguno. Pero puedes obtener una similitud si dices que tanto el bien como el mal, cuando han crecido, son retrospectivos. No sólo este valle sino todo el pasado terrestre será el cielo para quienes se salvan. No sólo lo crepuscular de esa ciudad, sino toda la vida en la tierra será infierno para quienes se condenan. Eso es lo que no entienden los mortales. Hablan de un dolor temporal que "ninguna bendición futura podría equilibrarlo" sin saber que el cielo, una vez que se lo ha obtenido, trabaja hacia atrás y convierte en gloria cada sufrimiento. Y dicen de un placer pecaminoso: "déjenme gozar de esto y me haré cargo de las consecuencias". No se imaginan cómo se esparcirá la condenación por su pasado y cómo les contaminará el placer del pecado. Ambos procesos empiezan antes de la muerte. El pasado del hombre bueno empieza a cambiar y sus pecados perdonados y sus penas recordadas adquieren cualidad de cielo. El pasado del hombre malo se configura según su maldad y sólo se llena de melancolía.
Por esto, al fin de los tiempos, cuando el sol se alce aquí, y allá el crepúsculo se vuelva negra oscuridad, los benditos dirán "siempre hemos vivido en el cielo" y los perdidos, "siempre estuvimos en el infierno". Y ambos dirán la verdad.
—¿Y esto no es muy duro, señor?
—Eso es el sentido verdadero de lo que dirán. Las palabras reales de los perdidos, las palabras, serán distintas, sin duda. Uno dirá que siempre sirvió a su país bien o mal; otro, que sacrificó todo por el arte; algunos, que nunca se los llamó; otros, que, gracias a Dios, siempre buscaron al número uno; casi todos, que por lo menos fueron leales consigo mismos.
—¿Y los que se salven?
—Ah, los que se salven..., lo que les sucede se puede comprender como lo opuesto a un espejismo. Lo que parecía, al acercarse, un valle de dolor, se convierte, cuando lo miran otra vez, en un pozo; allí donde la experiencia presente sólo distingue desiertos de sal, la memoria indica, con verdad, que los pozos estaban llenos de agua.
—¿Entonces tiene razón la gente que afirma que cielo e infierno sólo son estados mentales?
—¡Uh! —dijo, en tono severo—. No blasfemes. El infierno es un estado mental... Nunca has dicho nada más verdadero. Y todo estado mental, por sí mismo, todo encerramiento de la creatura en la cárcel de su propia mente, es, en último término, infierno. Pero el cielo no es un estado mental. El cielo es la realidad misma. Todo lo plenamente real es cielo. Porque todo lo destruible será destruido y sólo quedará lo indestructible.
—¿Pero hay alguna opción después de la muerte? Mis amigos católicos se van a sorprender. Creen que las almas del purgatorio ya están salvadas. Y mis amigos protestantes no se sentirán mejor: dicen que el árbol yace mientras está cayendo.
—Quizás todos tengan razón. No te molestes con esas preguntas.
No puedes comprender completamente las relaciones de opción y tiempo mientras no estés más allá de ambos. Y no te trajeron aquí para estudiar esas curiosidades. Lo que te concierne es la índole misma de la opción: y que puedes observarlos mientras optan.
—Bien, señor —dije—, eso también requiere una explicación.
¿Qué escogen esas almas que regresan? Hasta ahora no he visto otras. ¿Y cómo pueden escoger?
—Milton tenía razón —expresó mi maestro—. La opción de cada alma perdida se puede expresar con las palabras "mejor reinar en el infierno que servir en el cielo". Siempre hay algo que quieren mantener, aun al precio del dolor. Hay siempre algo que prefieren antes que la alegría, es decir, antes que la realidad. Es comprensible que un niño mal educado eche de menos sus juegos y su comida preferida; y que entonces sea incapaz de arrepentirse y ser amistoso.
A esto se lo llama caprichos. Pero subsiste en la vida adulta con cientos de nombres más sofisticados: la cólera de Aquiles y la grandeza de Coriolano, venganza y mérito herido y autoestima y grandeza trágica y orgullo.
—¿Así que nadie se pierde por vicios menores, señor? ¿Por mera sensualidad?
—Algunos, por cierto. El sensualista empieza persiguiendo un placer verdadero, aunque pequeño. Su pecado es menor. Pero llega un tiempo en el cual, si bien el placer disminuye y aumenta el deseo, y si bien sabe que el gozo nunca llegará de ese modo, prefiere disfrutar la mera caricia del placer implacable y se niega a aceptar que se lo quiten. Lucha hasta morir para mantenerlo. Le habría gustado rascarse; pero incluso cuando ya no puede rascarse le importa más la picazón que suprimirla.
Se quedó en silencio unos minutos y volvió a empezar.
—Comprenderás que hay innumerables modalidades de opción.
Algunas veces hay formas que difícilmente se piensan en la tierra.
Hubo una creatura que vino aquí no hace mucho y regresó. Lo llamaban Sir Archibald. En su vida terrestre sólo le había interesado la supervivencia. Escribió toda una estantería de libros sobre el tema.
Empezó filosóficamente, pero terminó dedicado a la investigación física. Todo esto se convirtió en su ocupación única: la experimentación, las conferencias, la dirección de una revista. Y también los viajes: sacó a la luz extrañas historias de los lamas del Tibet y pasó por el rito de iniciación de hermandades de África central. Quería pruebas y más pruebas y aún más pruebas.
Enloquecía si se encontraba con alguien que se interesaba en otras cosas. Tuvo serios problemas durante una de vuestras guerras: recorrió el país diciendo a todos que no lucharan porque así se desperdiciaba mucho dinero que se podía destinar a la investigación.
Bien, a su debido tiempo murió la pobre creatura y vino aquí.
Ningún poder del universo habría podido impedir que se quedara y fuera a las montañas. ¿Pero crees que eso le hizo algún bien? Esta región no le sirvió de nada. Todos los de aquí ya habían "sobrevivido". A nadie le importaba en lo más mínimo ese asunto.
No había nada que demostrar. Su ocupación había terminado por completo. Por cierto, si sólo hubiera aceptado que había confundido el medio con el fin y se hubiera reído de buena gana de sí mismo, habría empezado de nuevo como un niño e ingresado a la alegría.
Pero no hizo eso. No le interesaba en absoluto la alegría.
Finalmente se marchó.
—¡Fantástico! —exclamé.
—¿Así te parece? —me dijo el maestro, penetrándome con la mirada—. Lo que pensaba se parece mucho a lo que piensas. Ya ha habido hombres tan interesados en probar la existencia de Dios que terminan sin que Dios mismo les importe nada..., como si el buen Dios no tuviera otra cosa que hacer que existir... Hubo más de alguien tan interesado en la expansión del cristianismo que nunca pensó en Cristo. ¡Hombre! Lo puedes ver en los detalles.
¿No has conocido a un amante de los libros que, con todas sus primeras ediciones y ejemplares firmados, ha perdido la capacidad de leerlos?
¿O a un organizador de obras de caridad que perdió el amor a los pobres? Es la más sutil de las trampas.
Quise cambiar de tema y le pregunté por qué los sólidos, que tan llenos de amor estaban, no bajaban entonces al infierno a rescatar a los fantasmas. ¿Por qué se contentaban sencillamente con reunirse con ellos en la llanura? Uno tiene derecho a esperar una caridad más militante.
—Quizás lo comprendas mejor antes de marcharte —me dijo—.
Entretanto, te debo decir que han ido más lejos, preocupados de los fantasmas, de lo que puedes comprender. Cada uno de nosotros sólo vive para internarse más y más en las montañas.
Cada uno de nosotros ha interrumpido su viaje y retrocedido distancias interminables para bajar aquí hoy día ante la mera posibilidad de salvar algún fantasma. Por supuesto que esto también constituye una alegría, ¡pero por esto no nos puedes culpar! Y no tendría sentido ir aún más allá, si fuera posible. El sano no se haría ningún bien si enloquece por ayudar al loco.
—¿Pero qué sucede con los pobres fantasmas que ni siquiera alcanzaron a subir al autobús?
—Lo hace todo el que lo desea. Nunca temas. En última instancia sólo hay dos tipos de personas: los que dicen a Dios "hágase tu voluntad" y aquellos a quienes Dios dirá, al fin, "hágase tu voluntad". Todos los que están en el infierno lo han elegido. Sin esta opción personal no habría infierno. Nadie que desee continua
y seriamente la alegría se va a equivocar. Los que buscan, encuentran.
A quienes golpean la puerta, se les abre.
En ese instante nos interrumpió de súbito la voz veloz y tenue de un fantasma. Volvimos la vista y observamos a la creatura. Le hablaba a uno de los sólidos, y lo hacía con tanta dedicación que no advertía nuestra presencia. Hablaba con tal rapidez, que el espíritu no conseguía decir nada, a pesar de que lo intentaba. Las palabras del fantasma eran algo así:
—Oh, querido, lo he pasado tan, tan mal. No tengo la menor idea de cómo llegué hasta aquí. Venía con Elinor Stone y teníamos todo listo, nos íbamos a juntar en la esquina cíe Sink Street. Lo había arreglado con toda claridad, porque la conozco y si le digo algo una vez tengo que decírselo cien veces. De otro modo no la habría encontrado en esa horrible casa de esa mujer; no, desde luego que no por el modo como me había tratado... Esa fue una de las cosas más siniestras que me han ocurrido. Me moría de ganas de contártelo, porque estoy segura de que me encontrarás la razón.
No, espera un momento, querido, espera que te lo cuente... Traté de vivir con ella cuando llegué por primera vez y estaba todo organizado. Ella iba a cocinar y yo me preocuparía de mantener la casa y de verdad creí que iba a resultar cómodo después de tanto como había hecho; pero estaba tan cambiada, completamente egoísta, sin la menor simpatía por nadie que no fuera ella misma...
Y, como le dije una vez, "creo que tengo derecho a un mínimo de consideración porque por lo menos tú has vivido lo tuyo, pero yo no debería seguir estando aquí por años y años..." Pero, por cierto, me estoy olvidando de que no sabes nada..., me asesinaron, sencillamente me asesinaron, querido, ese hombre nunca debió operarme, hoy tendría que estar viva, pero sencillamente me mataron de hambre en esa clínica horrorosa y nadie me venía a ver y...
Se apagó el monótono gemido. La que hablaba, todavía acompañada de la brillante paciencia de ese espíritu, se alejó.
—¿Qué te aflige, hijo? —preguntó mi maestro.
—Me turba, señor —dije—, el que esa infeliz creatura no me parece que sea del tipo de alma que merezca estar siquiera en peligro de condenarse. No es falsa. Sólo es una mujer vieja, tonta, quisquillosa, habituada a quejarse. Me parece que un poco de cambio, de descanso, de bondad, bastarán para que esté bien.
—Así estuvo en una época. Quizás sea así todavía. Si es así, se curará, sin duda. Pero la pregunta clave es si ahora mismo es una quejumbrosa solamente.
—¡Creo que eso no se puede poner en duda!
—No me malentiendas. El asunto es si está quejumbrosa o si sólo es una quejumbrosa. Si hay una mujer verdadera —aunque sea un rasgo ínfimo de una— dentro de tanta queja, se la puede traer de nuevo a la vida. Si quedan brasas bajo tanta ceniza, las soplaremos hasta que el conjunto quede rojo y brille. Pero si sólo quedan cenizas, no seguiremos soplándolas para que nos den en los ojos para siempre. Habrá entonces que barrerlas.
—¿Pero cómo puede haber una queja sin alguien que se queje?
—Toda la dificultad de entender el infierno es que la cosa que se quiere entender está tan cerca de ser Nada. Pero tendrás experiencias... Esto empieza con un talante quejumbroso, pero aún eres distinto de la queja; quizás incluso la criticas. En una hora oscura puede que la abraces. Pero te arrepientes y sales de ella.
Puede llegar el día, sin embargo, en que ya no puedas hacerlo.
Entonces ya no quedará un tú capaz de criticar ese estado de ánimo, ni siquiera capaz de gozarlo; y sólo quedará la queja misma funcionando para siempre como una máquina. ¡Pero vamos! Estás aquí para observar y escuchar. Apóyate en mi brazo y daremos un pequeño paseo.
Obedecí. El apoyarme en alguien mayor que yo era una experiencia que me transportaba a la infancia. La marcha me parecía tolerable apoyado como iba. Y tanto que llegué a creer que mis pies se estaban endureciendo hasta que una mirada a esas pobres formas transparentes me convenció de que la comodidad la debía al fuerte brazo del maestro. Quizás debido a su presencia también mis sentidos parecían tornarse más agudos. Noté aromas  que antes se me escapaban y el campo me enseñaba bellezas nuevas. Había agua en todas partes y pequeñas flores temblando en la brisa temprana. Más lejos, en los bosques, alcancé a ver el paso rápido de un ciervo y una vez una pantera se acercó al costado de mi compañero. También vimos a muchos de los fantasmas.
Creo que lo más lamentable fue una fantasma. Su problema era el contrario del que afligía a la otra, a la dama que los unicornios asustaron. Esta parecía por completo inconsciente de su aspecto fantasmal. Más de uno de los sólidos quiso hablarle, y en un primer momento me desconcertó su modo de conducirse con ellos.
Parecía contorsionar el rostro invisible y rotorcer el cuerpo de humo de una manera sin sentido. Por fin llegué a la conclusión —por más increíble que parezca— de que aún creíase capaz de atraerlos y de que lo estaba intentando. Era una cosa ya incapaz de concebir una conversación a menos que "sirviera de medio para ese fin. El resultado no era menos asombroso que si un cadáver se levantara de la tumba, ya en plena corrupción, y se pintara los labios e intentara un ejercicio de seducción. Por fin murmuró "creaturas estúpidas" y se volvió de regreso al autobús.
Esto me llevó a preguntar a mi maestro qué pensaba de la aventura con los unicornios.
—Pudo tener éxito —dijo—. Debiste adivinar que quiso asustarla.
No porque el miedo, por sí mismo, la hubiera hecho menos fantasma; pero si conseguía sacarla de sí misma por un momento, habría habido, en ese instante, una posibilidad. He visto a más de alguien salvarse así.
Nos encontramos con varios fantasmas que habían llegado tan cerca del cielo sólo para preguntar entonces a los celestes por el infierno. En realidad, se trata de uno de los tipos más habituales de fantasmas. Otros, que habían sido (como yo mismo) profesores de algo, en realidad querían dar conferencias al respecto; traían consigo cuadernos llenos de anotaciones y de estadísticas, mapas y (uno de ellos) una linterna mágica. Algunos querían contar anécdotas de los famosos pecadores de todos los tiempos que habían conocido allá abajo. Pero la mayoría parecía creer que el hecho de haber pasado por tantos sufrimientos les concedía cierta superioridad. "Has llevado una vida protegida", anunciaban. "No conoces el lado oscuro. Te lo vamos a mostrar. Te daremos algunos datos reveladores"... Como si la única finalidad de su venida fuera llenar el cielo con imágenes y colores infernales.
Todos, por lo menos según lo que podía juzgar por mis propias exploraciones en el mundo de abajo, eran muy poco fiables, y todos carecían de la menor curiosidad auténtica por la región donde habían llegado. Rechazaban todo intento de que se les enseñara algo. Cuando advertían que nadie los escuchaba, regresaban, uno por uno, al autobús.
Este curioso deseo de describir el infierno resultó, sin embargo, sólo el modo más suave de un deseo muy común entre los fantasmas, el de extender el infierno, de encarnarlo —si eso fuera posible— en el cielo. Eran torpes fantasmas que con voces delgadas, como de murciélagos chillones, urgían a los espíritus benditos a que se sacudieran los grillos, a que escaparan de esa prisión en la felicidad, a que destrozaran las montañas con las
manos, a que se apoderaran de un cielo para sí mismos; el infierno les ofrecía su cooperación. Había fantasmas que planificaban, que imploraban a los espíritus que embancaran el río, cortaran los árboles, mataran a los animales, construyeran un tren de montaña, suavizaran esa hierba espantosa y pavimentaran senderos con asfalto. Había fantasmas materialistas, que informaban a los inmortales que estaban engañados: no había vida tras la muerte y toda esta región no era más que alucinaciones.
Había meros y simples fantasmas perfectamente conscientes de su propia decadencia, que aceptaban su rol tradicional de espectros y parecían esperar que podrían atemorizar a alguien. No sabía que este deseo fuera posible. Pero mi maestro me recordó que el placer de atemorizar no es de ningún modo desconocido en la tierra. También recordó las palabras de Tácito: "Aterrorizan mucho menos que lo que temen". Cuando la ruina de un alma humana en decadencia se encuentra atenazada en condición fantasmagórica y advierte que "soy ahora lo que toda la humanidad ha temido, que sólo soy esa fría sombra de claustros, esa cosa horrible que no
puede ser y sin embargo es", entonces el aterrorizar a otros parece una huida del destino de ser fantasma que aún teme a los fantasmas, que aún teme al fantasma que es él mismo.
Porque temerse a sí mismo es el horror definitivo.
Pero además de todos éstos, vi otros fantasmas grotescos en quienes apenas si quedaba algún rasgo de forma humana.
Monstruos que encararon el viaje hasta el terminal de buses —quizás fueron miles de millas para ellos— y llegaron al país de la sombra de la vida y saltaron muy lejos en él sobre la hierba torturante sólo para escupir y balbucir, en éxtasis de odio, su envidia y (lo que es más difícil de comprender) su desprecio de la alegría. El viaje les parecía un pequeño precio que pagar si una vez, si por única vez, a la vista de ese eterno amanecer, podían decir a los pedantes, a los engreídos, a los beatos tramposos, a los esnobs, a los "poseedores", lo que de ellos pensaban.
—¿Y cómo llegaron hasta aquí? —le pregunté a mi maestro.
—Los he visto convertirse —dijo él—. Y cuando ésos que crees menos hondamente condenados ya han regresado. Los que odian la bondad a veces están más cerca que aquellos que nada saben de ella y creen que ya la poseen.
—¡Silencio! —dijo de pronto mi maestro.
Estábamos junto a unos arbustos y más allá vi a uno de los sólidos y a un fantasma que, al parecer, acababan de encontrarse.
Los rasgos del fantasma me parecieron vagamente familiares, pero de inmediato advertí que en la tierra no había visto al hombre mismo, sino fotografías suyas en los periódicos. Había sido un artista famoso.
—¡Dios! —dijo el fantasma, contemplando el panorama.
—¿Dios qué? —interrogó el espíritu.
—¿Qué me quiere decir con eso de "Dios qué? —preguntó el fantasma.
—En nuestra gramática, Dios es un sustantivo.
—Oh... ya veo. Sólo quise decir "por Dios" o algo así. Es decir... bueno, todo esto. Es... es... Me gustaría pintar todo esto.
—Si fuera usted, yo no me molestaría de momento en eso.
—Mire allí, ¿cómo no me van a dejar seguir pintando?
—Primero hay que mirar.
—Pero si ya he mirado. Y he visto lo que quería. ¡Dios! ¡Ojalá se me hubiera ocurrido traer mis cosas!
El espíritu sacudió la cabeza, esparciendo luz desde el pelo mientras lo hacía.
—Ese tipo de cosas no tiene mucho sentido por aquí —dijo.
—¿Qué me está diciendo? —preguntó el fantasma.
—Cuando pintaba en la tierra —al menos en su primera época— lo hacía porque captaba rasgos del cielo en el paisaje terrestre. El éxito de su pintura consistía en que permitía que otros tuvieran esa misma experiencia. Pero aquí dispone usted de la cosa misma.
Desde aquí parten esos mensajes. No tiene sentido hablarnos a nosotros de este país, porque ya lo estamos viendo. De hecho, lo vemos mejor que usted.
—¿Entonces nunca tendrá ningún sentido pintar aquí?
—No he dicho eso. Cuando crezca y sea una persona (de acuerdo, todos debemos hacerlo) habrá algunas cosas que usted verá mejor que nadie. Una de las cosas que querrá hacer será contarnos de eso. Pero todavía no. De momento su negocio es ver. Venga y vea.
El es interminable. Venga y aliméntese.
Hubo una breve pausa.
—Será encantador —dijo el fantasma, ahora en tono un tanto apagado.
—Vamos, entonces —le invitó el espíritu, y le ofreció el brazo.
—¿Y cuándo cree que podré empezar a pintar? —preguntó.
El espíritu rió a carcajadas.
—¿No se da cuenta de que no va a pintar nada si sigue pensando en ello?
—¿Qué me quiere decir? —inquirió el fantasma.
—Si sólo se interesa en el país en tanto pueda pintarlo, nunca aprenderá a ver el país.
—Pero justamente así se interesa un artista en el país.
—No. Está olvidando —dijo el espíritu—. Así no empezó usted.
La luz fue su primer amor. Amaba la pintura sólo como un medio de mostrar la luz.
—Oh, eso fue hace siglos —dijo el fantasma—. Uno crece.
Claro que usted no ha visto mis obras posteriores. Uno se interesa más y más en la pintura en sí misma.
—Así es, en efecto. También yo debí recuperarme de eso. Todo era una trampa. La tinta, las cuerdas y la pintura eran necesarias allá abajo, pero también son estimulantes peligrosos. Todo poeta y músico y artista, a menos que actúe la gracia, se aparta del amor de la cosa de que habla y se aproxima al amor del hablar mismo, hasta que, en lo profundo del infierno, ya no puede interesarse en Dios sino en lo que dice sobre El. Porque, como usted sabe, no se detienen en el interés en la pintura. Caen más bajo, se interesan en la propia personalidad y después en nada más que en su propia fama.
—No creo estar demasiado perturbado por eso —dijo el fantasma, tenso.
—Excelente —respondió el espíritu—. No hay muchos de nosotros que hayan superado de partida todo eso. Pero si aún le queda algo de esa infección, se le va a curar cuando lleguemos a la fuente.
—¿Qué fuente es ésa?
—Está allá arriba, en las montañas —dijo el espíritu—. Muy fría y transparente, entre dos colinas verdes. Un poco como el Leteo.
Basta beber de sus aguas para olvidar todo sentido de propiedad sobre la obra propia. Se gozan entonces como si fueran de la autoría de otro, sin orgullo y sin modestia.
—Eso sí que es grandioso —comentó el fantasma, sin entusiasmo.
—Bien, vamos —dijo el espíritu. Y por un momento, unos pasos, sostuvo del brazo al confundido fantasma, en dirección al este.
—Por cierto —dijo el fantasma, como hablando consigo mismo—, siempre habrá personas interesantes que conocer...
—Todos serán interesantes.
—Oh... ah... sí, quería estar seguro. Estoy pensando en gente de nuestra línea. ¿Conoceré a Claude? ¿O a Cézanne? ¿O a...?
—Tarde o temprano... si es que están aquí.
—¿Pero no lo sabe?
—Por supuesto que no. Sólo he estado aquí unos pocos años.
Todas las posibilidades se oponen a que los haya visto..., somos muchos, como usted ve.
—Pero en el caso de personas tan distinguidas, tendría que haber sabido...
—Pero si no son tan distinguidas... no más que cualquiera. ¿No comprende? La gloria fluye en todos y se refleja en todos, como la luz en los espejos. Pero la luz es la cosa.
—¿Acaso no hay hombres famosos?
—Todos lo son. Todos son conocidos, recordados, reconocidos, por la única Mente que puede juzgar a la perfección.
—Oh, por supuesto en ese sentido —dijo el fantasma.
—No se detenga —expresó el espíritu, tratando de avanzar con él.
—Entonces uno se debe contentar con la propia reputación para la posteridad —dijo el fantasma.
—Amigo mío —manifestó el espíritu—, ¿acaso no lo sabe?
—¿Saber qué?
—Que a usted y a mí nos han olvidado por completo allá en la tierra.
—¿Eh? ¿Qué es esto? —exclamó el fantasma, soltándose del brazo—. ¿Me está diciendo que esos condenados neorregionalistas han ganado, después de todo?
—¡Dios sea loado, sí! —dijo el espíritu, que una vez más se estremecía y brillaba de risa—. No conseguiría ni cinco libras en América o en Europa por ninguno de nuestros cuadros. Hemos pasado de moda por completo.
—Debo marcharme en seguida —dijo el fantasma—. ¡Déjeme ir!
Condenación, uno tiene un deber que cumplir por el futuro del arte.
Debo regresar con mis amigos. Debo escribir un artículo. Tiene que hacerse un manifiesto. Tenemos que empezar una nueva revista. Hay que conseguir publicidad. Déjeme ir. ¡Esto es más que una broma!
El espectro se desvaneció sin esperar respuesta del espíritu.
También escuchamos esta otra conversación.
—Esto sí que no tiene nada, nada que ver —decía una fantasma a una de las mujeres brillantes—. No pienso quedarme si se supone que tengo que encontrarme con Robert. Estoy dispuesta a perdonarlo, por supuesto. Pero no me pidan más. ¿Y cómo llegó hasta aquí...? Claro, eso es asunto suyo.
—Pero si lo has perdonado —argumentaba la otra—, seguramente...
—Lo perdono como cristiana —dijo la fantasma—. Pero hay ciertas cosas que una no puede olvidar.
—Pero no comprendo... —empezó a decir la espíritu.
—Exactamente —agregó la fantasma, casi riendo—. Nunca ha comprendido. Siempre creyó que Robert no podía hacer mal a nadie, lo sé. Por favor, no me interrumpa. No tiene usted la menor idea de lo que pasé con su querido Robert. ¡La ingratitud! ¡Fui yo la que lo hice hombre! ¡Le sacrifiqué toda mi vida! ¿Y cuál ha sido
mi recompensa? El más total y extremado egoísmo. No, pero escúcheme. Apenas se las arreglaba con seiscientas libras anuales cuando lo conocí. Y fíjese, Hilda, en mis palabras: habría seguido exactamente en la misma situación hasta el día de su muerte si no me hubiera casado con él. Fui yo la que tuve que guiarlo paso a paso.
No tenía ni una chispa de ambición. Con él era como tratar de mover un saco de carbón. Tuve que empujarlo para que tomara ese trabajo en el otro departamento, aunque eso fue el principio verdaderamente de todo lo que le pasó. ¡La pereza de los hombres! ¡Decía que no podía trabajar más de trece horas diarias!
Como si yo misma no trabajara mucho más. Porque mi horario no terminaba cuando acababa el suyo. Tenía que hacerlo funcionar toda la tarde, si usted me entiende. Si lo hubiera dejado a su aire, se habría quedado en su sillón, y callado, apenas terminara de comer. Era yo la que tenía que sacarlo de sí mismo y darle conversación. Sin la menor ayuda de él, por supuesto. A veces ni siquiera me escuchaba. Como se lo decía entonces, por lo menos podía esperar buenos modales de su parte...; parecía haber olvidado que yo era una dama incluso a pesar de haberme casado con él. Me agotaba todos los días trabajando por él; y no manifestaba el menor aprecio. Solía pasarme horas arreglando las flores para que esa casita mediocre se viera más agradable, pero en lugar de agradecérmelo, ¿sabe lo que me decía? Me decía que ojalá no le hubiera llenado el escritorio con tanta flor porque quería escribir. Y a veces había un verdadero lío porque le caían algunas gotas de agua sobre sus papeles. Y esto ni siquiera tenía sentido: solían ser papeles sin la menor relación con su trabajo.
Por esos días tenía la tonta idea de escribir un libro... Como si pudiera. Conseguí curarle de esto. No, Hilda, me tienes que escuchar. ¡Los problemas que tuve en nuestra vida social! La idea de Robert era que tenía que perderse de vez en cuando para ver a los que llamaba los viejos amigos... ¡y dejarme que me divirtiera sola! Pero desde un principio supe que esos amigos no le hacían ningún bien. "No, Robert", le dije, "tus amigos son ahora también los míos. Mi deber es tenerlos ahora aquí, por más agotada que esté y por más que nos cueste atenderlos bien". Una creería que con eso basta. Pero vinieron a casa un tiempo. Entonces debí usar de bastante tacto. La mujer que tiene un mínimo de habilidad sabe dejar caer aquí y allá alguna frasecita adecuada. Quería que Robert los viera a una luz nueva. No se sentían muy cómodos, en cierto sentido, en mi salón. No podía dejar de reírme a veces. Robert, por supuesto, no se sentía muy a sus anchas mientras duró el tratamiento; pero finalmente todo fue por su bien.
Al cabo de un año no le quedaba ninguno de ese primer conjunto de amigos. Y entonces consiguió el trabajo nuevo. Un gran paso adelante. ¿Pero qué cree usted? En lugar de darse cuenta de que teníamos ahora la oportunidad de ampliarnos un poco, todo lo que se le ocurrió fue decir: "Bueno, en fin, por suerte tendremos un poco de paz". Eso casi terminó conmigo. Casi lo abandoné entonces. Pero conocía mis deberes. Siempre cumplí con mi deber.
No se puede imaginar lo que me costó convencerlo de que debíamos cambiarnos a una casa más grande. Y después, convencerlo de buscar una casa.
No me habría quejado nada si sólo lo hubiera hecho con la actitud adecuada, si hubiera apreciado lo entretenido de todo eso. Si hubiera sido un hombre diferente, le habría divertido que lo esperara en el umbral cuando regresaba de la oficina, y que le dijera: "Vamos, Bob, no hay tiempo para cenar. Acabo de saber de una casa cerca de Watford, aquí tengo las llaves. Podemos ir y volver antes de la una".
¡Pero con él! Fue la más completa desgracia, Hilda. Porque por esa época Robert se estaba transformando en esa clase de hombres a quienes sólo les importa la comida. Bien. Conseguí llevarlo a una casa nueva, finalmente. Sí, lo sé. Era un poco más cara de lo que en ese momento estaba a nuestro alcance, pero ante Robert se abría toda suerte de posibilidades en ese instante. Y, por cierto, empecé a recibir en casa como corresponde. No más de sus amigos, gracias.
Todo lo hacía por su bien. Todo amigo útil que hacía lo traía a casa.
Tenía que vestir bien, naturalmente. Tendrían que haber sido los años más felices de nuestra vida. Y si no lo fueron sólo se debe a él.
¡Oh, pero si me hacía enloquecer, ese hombre hacía enloquecer a cualquiera! Se dedicó a envejecer, a quedarse callado o a quejarse.
Se hundió en sí mismo. Podría haber tenido un aspecto mucho más joven si sólo se hubiera dado la molestia. No necesitaba andar con bastón. Se lo dije más de una vez. Era el anfitrión más desgraciado que imaginarse pueda. Cada vez que dábamos una fiesta todo dependía exclusivamente de mí. Robert sólo servía para llorar con él.
Y como se lo dije (no se lo dije una vez sino mil veces) no siempre había sido así. Hubo un tiempo en que se interesaba en miles de cosas y estaba dispuesto a conocer y hacer amigos. "¿Qué demonios te está pasando?", solía preguntarle. Pero ni siquiera me contestaba ahora. Se quedaba sentado mirándome con esos grandes ojos fijos (llegué a odiar a los hombres de ojos oscuros) y, ahora lo sé, odiándome. Esa fue mi recompensa. Después de todo lo que hice.
Un puro odio retorcido y sin sentido. ¡Y justo en el momento en que era más rico que nunca! Entonces acostumbraba yo a decirle: "Robert, sencillamente te estás dejando ir al agujero". Los hombres más jóvenes que iban a casa —y no era culpa mía que se sintieran mejor conmigo que con ese oso decadente— solían reírse de él.
Cumplí con mi deber hasta el último día. Lo obligué a hacer ejercicio; ésa fue la verdadera razón para tener el gran danés. Y seguí recibiendo amistades y dando fiestas. Lo llevé a las vacaciones más maravillosas. Me ocupé de que no bebiera mucho.
Incluso, cuando las cosas se tornaron desesperadas, lo alenté para que volviera a escribir. ¿Cómo podría haber evitado ese colapso nervioso que tuvo al final? Tengo la conciencia limpia. Cumplí con mi deber con él, como la que más. Así que, verá usted, sería imposible que... Y sin embargo..., no lo sé. Creo que he cambiado de opinión. Les haré una oferta justa, Hilda. No me reuniré con él si eso sólo significa reunirme con él y nada más. Pero si me dejan las manos libres, estoy dispuesta a hacerme cargo una vez más.
Cargaré otra vez con mi cruz. Pero tienen que dejarme con las manos libres. Con todo el tiempo que hay aquí, creo que esta vez alcanzaré a hacer un hombre de Robert. ¿No sería un buen plan?
No está en condiciones para batírselas por sí mismo. Pónganme a cargo de él. Necesita una mano firme. Lo conozco más que usted.
¿Qué es eso? No, dénmelo a mí, ¿no me escucha? No se lo consulten; basta con que me lo entreguen.
Soy su mujer, ¿no es verdad? Sólo estaba empezando. Hay montones, montones de cosas que quiero hacer con él. No, escúcheme, Hilda. ¡Por favor, por favor! Soy tan desgraciada.
Necesito a alguien a quien... hacerle cosas. Allá abajo es sencillamente horroroso. Nadie se preocupa de mí. A nadie le importo nada. A ellos no los puedo alterar. Es espantoso verlos por ahí sentados y no ser capaz de hacer nada con ellos.
Devuélvanmelo.
¿Por qué le va a resultar todo a su modo? No es bueno para él. No está bien, no es justo. Quiero a Robert. ¿Qué derecho tienen para quitármelo? La odio. ¿Cómo voy a controlarlo si no me dejan tenerlo? La fantasma, que había crecido como una vela que se extingue, se evaporó de súbito. Quedó en el aire un olor seco, ácido, por un momento. Y ya no hubo más fantasma a la vista.

9

Un momento después el fantasma dio un alarido, agónico, como nunca había escuchado en la tierra. El quemante cerró las manos púrpuras sobre el reptil, lo retorció, mientras el reptil trataba de morder y chillaba, y finalmente lo tiró, quebrado, a la hierba.
—¡Uf! Ya hemos terminado —suspiró el fantasma, retrocediendo.
Por un instante no pude distinguir nada con precisión. Entonces vi, entre mí y el arbusto más cercano, indudablemente sólido pero solidificándose más por momentos, el brazo y el hombro de un hombre. Luego, aún más brillantes y más fuertes, las piernas y las manos. El cuello y la cabeza dorada se materializaron mientras observaba, y si no hubiera vacilado mi atención habría contemplado la real integración de un hombre, un hombre inmenso, desnudo, no mucho más pequeño que el ángel. Lo que me distrajo fue que en ese mismo instante algo parecía estar sucediéndole a la lagartija. Al principio creí que la operación había fallado. Lejos de morir, la creatura seguía luchando e incluso creciendo mientras se debatía. Y cambiaba mientras crecía. Se redondeaba. La cola, todavía temblando, se convertía en cola llena de pelos que se balanceaba entre unas nalgas enormes y brillantes. Retrocedí, frotándome los ojos. Lo que tenía ante mí era
el mayor potro que jamás viera, blanquísimo y con crines y cola de oro. Suave y brillante, ondulado de músculos, relinchando y golpeando los cascos. Con cada golpe temblaba la tierra y oscilaban los árboles.
El hombre nuevo se volvió y palmeó el cuello del caballo nuevo. Le olfateó el cuerpo resplandeciente. Caballo y amo respiraron el aliento de uno y otro. El hombre se apartó, se arrojó a los pies del quemante y los abrazó. Cuando se levantó me pareció que el rostro le brillaba de lágrimas, pero puede haber sido sólo el amor y el resplandor (no se los distingue en este país) que de él fluía. No tuve mucho tiempo para pensarlo. Alegre y apresurado, el joven saltó al lomo del caballo. Se volvió para saludar y despedirse y en seguida aguijoneó el potro con los talones. Habían desaparecido a lo lejos antes de que tuviera tiempo de caer en la cuenta de lo que había sucedido. ¡Se podía cabalgar! Salí de los arbustos tan pronto como pude para seguirlos con la vista; pero ya eran como una estrella fugaz en la distancia de la verde pradera cerca ya de los faldeos de las montañas. Entonces, todavía como estrellas, los vi ascendiendo, escalando lo que parecían acantilados imposibles, a cada instante más veloces, hasta topar la borrosa línea final del paisaje, tan alto que debía estirar el cuello para verlos; hasta que se desvanecieron, brillando, en el fulgor rosa de esa mañana perdurable.
Mientras miraba, advertí que toda la llanura y la selva se estremecían con un sonido que en nuestro mundo habría sido excesivamente violento para oírlo, pero que allí podía soportar con alegría. Supe que no eran los sólidos cantando. Era la voz de la tierra, de esos bosques y esas aguas. Un ruido extraño, arcaico, inorgánico, que provenía de todas direcciones. La naturaleza o archinaturaleza de esa tierra se regocijaba por haberse liberado una vez más, por haberse consumado entonces, en la persona del caballo.
Así era el canto:
El Señor dice a nuestro señor, subid. Compartid mi sosiego y esplendor hasta que todas las entidades que fueron vuestros enemigos sean esclavos que danzan ante vosotros, espaldas para que cabalguéis y sostén para el descanso de vuestros pies.
Desde más allá de todo tiempo y lugar, fuera del Lugar mismo, se os dará autoridad: las fuerzas que antaño se oponían a vuestra voluntad serán fuego obediente en vuestra sangre y trueno tonante en vuestra voz.
Embárganos para que así embargados podamos ser nosotros mismos; deseamos el principio de tu reino tal como deseamos el amanecer y el rocío, la humedad en el nacimiento de la luz.
Señor, tu Señor te ha señalado para siempre: para que seas nuestro Rey de Justicia y nuestro sumo Sacerdote.
—¿Entiendes todo esto, hijo mío? —preguntó el maestro.
—No sé si todo, señor —dije—. ¿Acierto si creo que la lagartija se convirtió en el caballo?
—Sí. Pero primero se la mató. ¿No habrás olvidado esa parte del relato?
—Trato que no sea así, señor. ¿Pero esto significa que todo —absolutamente todo— lo que está en nosotros puede ir a las montañas?
—Nada, ni siquiera lo mejor y lo más noble, puede ir tal como es ahora. Nada, ni siquiera lo más bajo y más bestial, dejará de ser alzado si se somete a la muerte. Se los siembra como cuerpo natural, se lo alza como cuerpo espiritual. La carne y la sangre no pueden venir a las montañas. No porque sean vulgares, sino porque son demasiado débiles. ¿Qué es una lagartija comparada con un potro?
El placer es una cosa pobre, débil, quejosa y susurrante comparada con la energía y la riqueza del deseo que se alzará cuando haya muerto el deseo.
—¿Pero les voy a decir a los demás, en casa, que la sensualidad de ese hombre resultó un obstáculo menor que el amor de esa pobre mujer por su hijo? Porque eso era, en cualquier caso, un exceso de amor.
—No les dirás nada de eso —me contestó con firmeza—.
¿Exceso de amor has dicho? Amaba a su hijo demasiado poco, no excesivamente. No habría habido dificultades si lo hubiera amado más. No sé cómo terminará su historia. Pero es muy posible que en este instante esté exigiendo que la dejen con su hijo en el infierno.
Esa clase de persona a veces está muy dispuesta a precipitar en la desgracia a quien dice amar con tal de seguir poseyéndola de algún modo. No, no. Debes extraer otra lección. Te debes preguntar cómo será el cuerpo resucitado del amor maternal o de la amistad si el cuerpo resucitado de un apetito sensual es tan imponente como ese caballo.
Pero una vez más distrajeron mi atención.
—¿Hay allí otro río, señor? —pregunté.

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