martes, 28 de junio de 2011

La Visita

El texto que sigue forma parte de los Romances del Río Seco de Leopoldo Lugones. Será una de nuestras lecturas futuras, aunque todavía no tiene fecha cierta. La publicamos para que ya la tengan a mano.


La Visita

Leopoldo Lugones

I


Dicen que don Pepe Robles
anda queriendo vender
una novillada gorda
del quinto de su mujer.

Así supo la noticia
dada conforme las dan,
en el real de unos troperos
don Sinforoso Galván.

Había ido allá por el cobro
de la aguada y el pastaje,
porque dentro de su campo
viene a quedar el paraje.

Y hombre diligente, cuida
por mano propia la estancia,
aunque nada cicatero
ni avariento en la ganancia.

De modo que al otro día
con la fresca y en buen flete,
salió para lo de Robles
muy decidido y paquete.

Chapeado, arreador y espuelas
son de plata potosina.
De merino la bombacha,
de vicuña la chalina.

Chaqueta con alamares,
faja de seda morada,
chambergo que echa el barbijo
bajo la barba peinada.

A la mano, en la gurupa,
va cebada la pistola,
y a la falda del rcado
la daga que corta sola.

El ruano es galopador,
y no bien toma la senda,
seguro es que el día entero
va sobrándose en la rienda.

Aunque son seis leguas largas,
las hará, pues, de un tirón,
mientras madura el negocio
con pausada reflexión.

La hacienda aquella es serrana,
pero él no ignora su clase,
porque del pago es nativo,
mas que en el llano poblase.

Y casualmente reserva
dos potreros en un bajo.
Donde acabó con el nío
que le dio mucho trabajo.

¡Malhaya con la ponzoña
y el arraigo de aquel yuyo!
Si logra comprar barato,
fleta una tropa hasta Cuyo.

Pero ¿por qué habrá dispuesto
Clara Gómez de su quinto,
si nunca con el consorte
pensó de modo distinto?...

Ha de ser para cubrirle
alguna deuda de juego
a su hijo único, Pepito,
pues le tiene grande apego.

El mozo es calaverón
y en unas timbas lo han visto 
buscando las ocasiones
de clavarse como un cristo.

Ahora recuerdo que entonces
se enteró en una pandorga,
que es público que don Pepe
ya su firma no le otorga.

Parece que por vicioso
perdió el crédito paterno.
Pero el corazón de madre
no se cansa de ser tierno.

Siempre la Clarita Gómez
desde muchacha fue así.
Él también le arrastró el ala,
mas nunca pasó de allí.

Pues entre sus pretendientes
el Robles salió más lince,
y cata ahí que la doncella,
se casó al cumplir los quince.

Al hacer estas memorias
ahora que se encuentra viudo,
acaso en otro codicia
lo que aventajarle pudo.

Aunque las mellizas que a él
la finada le dejó,
son el premio merecido
que su desvelo alcanzó.

Porque si el bien de los hijos
de todo costo resarce,
puede sostener que en yunta
tiene dos perlas de engarce.

Como el tiempo pasa pronto
y empiezan ya a oír lisonjas,
ese invierno va a llevarlas
al colegio de las monjas.

Gracias que no lo ha privado
la suerte con su desdén,
de darles como es debido
la educación y el sostén.

En ese punto el jinete
sujeta un momento al ruano
para que alivie el galope
saliendo con la otra mano.

No lejos de allá deslinda
el campo de Santa Clara
con su quebrachal tupido
que a tiempo del sol repara.

No será él quien a lo gringo
por gusto el caballo sobe.
Desde el próximo repecho
verá el caserón de adobe.

Contento va a divisarlo
al pie de aquel cerro verde,
porque quien nació serrano
jamás la querencia pierde.

Remoto alegra los montes
el grito de la charata.
En el aire adelgazado
revive un dejo de horchata.

El hombre empina el chambergo,
y en su arrogancia morena,
una noble simpatía
mirada y frente serena.

II

Ya el sol bañando esa estancia
de Santa Clara, ha tendido
un listón de poncho bayo
que cruza el patio barrido.

Allá espera Robles, solo,
frente al caserón desierto,
la llegada del jinete
que ha atisbado con acierto.

Lleva mi don Pepe un gacho
y un termo de obra casera.
Se ve relumbrar el mate
entre la mano y la pera.

Contra sus botas el perro
sacudiendo el rabo estorba.
Tiene la pinta entrecana,
ojos verdes, nariz corva.

En los cercanos poleos
retoza un vientito blando.
Por el callejón de entrada
ya viene Galván llegando.

De lejos lo ha conocido,
aunque de nuevas se hará:
-Amigo don Sinforoso,
¡tanto bueno por acá!

Acude el mozo de mano,
ladra el perro haciendo fiesta,
pues sabido es que no ofenden
a la persona bien puesta.

El jinete, al desmontarse,
echa una ojeada al contorno.
Todo está igual: la ramada,
el pozo, el tala y el horno.

Pero nada manifiesta,
porque, ya sea malo o bueno,
el hombre formal no alaba
ni curiosea lo ajeno.

Y pronto en el corredor
con circunspecta confianza,
se ofrecen ambos amigos
los cumplimientos de usanza.

-Clara está siempre animosa
como usted sabe. El muchacho
salió ayer por la contrata
de unos postes de quebracho.

-¿Y sus niñas? -¿Las criaturas?
Ahí van. Creciendo, sí, pues.
-La rubia era Merceditas…
-No, señor, esa es la Inés…

Una chinita pecosa
les lleva de adentro el mate.
La dan por hija de Robles
aun cuando este lo recate.

Y dicen que doña Clara
la consiente a su servicio,
tan sólo por evitarle
que vaya y se entregue al vicio.

A ratos se oye sonar
el almirez atareado
en que majan los olores
de un adobo o de un recado.

La sombra azul de una nube
cruza empavonando el cerro,
y aclara en los pastizales
una frescura de berro.

Y como hasta mediodía
el tirón es largo, a fe,
allá mismo un churrasquito
les sirven por tentempié.

El cortés dueño de casa
tiene una buena ginebra
con la que sus relaciones
de más estima celebra.

Bienvenido el medio frasco
que emparejó la patrona
con un porrón de anisete
que ella fabrica en persona.

Galván lleva buen tabaco
de una melguita barbecha
donde el mejor colorado
para su gusto cosecha.

Mas, por no ostentar en propio,
los menesteres iguala:
“El llano para el tabaco,
la sierra para la chala.”

Robles saca de la suya
planchada como una seda.
Lentas cierne las palabras
la sentenciosa humareda.

Y es tan profundo el sosiego,
que con seguro alborozo,
rompe a cantar la calandria
sobre el cabezal del pozo.

Entre razón que va y viene,
corre toda la mañana.
Por el pilar esquinero
se asoma la resolana.

La señora que hasta entonces
ha esquivado su presencia,
manda decir que si gustan
pasen a hacer penitencia.

Van a enjuagarse las manos
y asentarse un poco el pelo.
Cuelga la toalla de randas
hasta rozar con el suelo.

III

Más bruñida, como dicen,
que una muñeca de loza,
doña Clara está hecha un ampo
de compuesta y buena moza.

En la pieza oscurecida
reina un frescor de jardín.
La mesa allá puesta halaga
con apronte de festín.

La media luz acrisola
los tejos de oro del caldo.
Toma asiento el buen amigo
en el sillón de respaldo.

Mientras pide a la señora,
que a su derecha lo invita,
disculpa de que haga tanto
que no les paga visita.

-Más vale tarde que nunca…
Sonríe ella, muy oronda,
con sus ojos siempre lindos
y su larga trenza blonda.

Y avivándole una gracia
juvenil cuando conversa,
luce en la boca pulida
la dentadura tan tersa.

Mas, ¡qué comilona, amigo!
¡Qué estofado y qué pasteles!
El servicio es a la antigua,
con dos mudas de manteles.

La del postre está olorosa
porque recién se la saca
del armario que perfuman
con manojitos de albahaca.

Salió, pues, largo el almuerzo,
y el priorato fue copioso.
Hasta cerca de las cinco
la siesta exigió reposo.

Cuando quieren levantarse,
ya otra vez en el brasero
está zumbando la pava
del agasajo campero.

Después de matear un rato
a la sombra de la casa,
habla de ensillar el huésped
porque ya el bochorno pasa.

Pero el otro le argumenta
con amistoso reproche,
que cuándo y que anda de      
[chasque
para marchar con la noche.

Aunque el ruano sea de aquellos
que no precisan un chirlo,
si no va a volver de apuro,
no tiene por qué exigirlo.

Y a menos que alguna falta
de atención se les enrostre,
dónde se ha visto convite
acabado antes del postre.

A tanta amabilidad
que bien por mejor se emplea, 
decide Galván quedarse
como tal vez lo desea.

La tarde serena al mundo
con una caricia mansa.
Ya la peonada que ha vuelto
de su trabajo, descansa.

En el corral el balido
de la majada porfía,
y se oye una risa clara
de moza en la ranchería.

Es la hora de la merienda,
y hasta la cena hacen boca
con un buñuelo y un trago
que el apetito provoca.

Así que el lucero salta
en el cielo solitario,
la señora, como es de orden,
llama a rezar el rosario.

Patrones y jornaleros
van a rogar por la chacra,
pues el ganar se ha apestado
y el choclo sale con lacra.

Mientras el rezo concluyen,
asoma la luna llena
sobre los campos tranquilos
con suavidad de azucena.

Parece que más piadosa,
disipa todos los males,
y que en su blancor la Virgen
sale a tender los pañales.

IV

Después que la cena toman,
sacan por junto las sillas
al patio claro y fragante
de alelíes y maravillas.

La dueña de casa, entonces,
acusándose de intrusa,
manda a traerle al forastero
la guitarra, aunque él se excusa.

Asegurando a la dama
que desde su mocedad
no ha vuelto a pulsar las cuerdas
sino por casualidad.

Pero quién habrá olvidado
que en los mejores bureos,
nadie como él se floreaba
con punteados y rasgueos.

No le aceptan, pues, disculpas;
y pronto, en la dulce calma,
el instrumento concierta
dichas y penas del alma.

Cada cuerda corresponde
con la expresión de su canto;
la prima para la risa,
la segunda para el llanto.

La tercera para el triunfo,
la cuarta para la suerte,
la quinta para el amor,
la sexta para la muerte.

Y el cantor las seis dedica
según tiempos y lugares,
la prima a los regocijos,
la segunda a los pesares.

La tercera a pialar mozas,
la cuarta a sonsacar viejas,
la quinta a desfogar celos
y la sexta a aventajar quejas.

Acordándose de aquellos
tiempos de sencillos goces,
propone luego a la dama
cantar un triste a dos voces.

Tono le da por el temple
que llaman de Santos Vega.
Orillando la ramada,
la gente a escuchar se allega.

Pasan que pasan las horas,
y en su olvidado desliz,
sobre campo y corazones
reina la luna feliz.

V

Al otro día, temprano,
Galván pide al capataz
que le arrimen el caballo
porque el sol va a ser voraz.

Ensillado se lo traen,
y tan garifo que sombra,
junto con el de don Pepe
que atan del tala en la sombra.

Pero antes que el buen potrero
del acomodo celebre,
con el perdón de ustedes nota
que había comido a pesebre.

Así lo agradece a Robles
que, calmoso, el mate chupa,
mientras de arreglar acaba
su pistola en la gurupa.

Llega en eso la chinita
trayendo el último anís
que por ser el del estribo
Galván despacha en un tris.

Y como dándose tiempo
de asentar los cojinillos:
-Me habían dicho, amigo Robles,
que tenía unos novillos…

A esas palabras don Pepe,
como es de la misma laya,
regatea con desgano:
-Puede ser que algunos haya.

-¿Y costará mucho verlos?
El otro, sin contestar,
afirma, entregando el mate:
-Yo lo voy a acompañar.

Ya, terciando al hombro izquierdo
la chalina de vicuña,
sobre la cruz del caballo
riendas y cabestro empuña.

Montan juntos, y sin prisa
toman el camino al trote.
Es allá cerca, no más,
trasmontando aquel mogote.

Así podrá revisarlos
antes que asiente el calor.
La hacienda estaba rodeada
desde la tarde anterior.

viernes, 24 de junio de 2011

El Poema de los Dones

Comenzamos a compartir poesías. Y para inaugurar, creo que nada mejor que empezar con Jorge Luís Borges. Disfrútenla.

Poema de los dones

Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.

De esta ciudad de libros hizo dueños
a unos ojos sin luz, que sólo pueden
leer en las bibliotecas de los sueños
los insensatos párrafos que ceden

las albas a su afán. En vano el día
les prodiga sus libros infinitos,
arduos como los arduos manuscritos
que perecieron en Alejandría.

De hambre y de sed (narra una historia griega)
muere un rey entre fuentes y jardines;
yo fatigo sin rumbo los confines
de esa alta y honda biblioteca ciega.

Enciclopedias, atlas, el Oriente
y el Occidente, siglos, dinastías,
símbolos, cosmos y cosmogonías
brindan los muros, pero inútilmente.

Lento en mi sombra, la penumbra hueca
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.

Algo, que ciertamente no se nombra
con la palabra azar, rige estas cosas;
otro ya recibió en otras borrosas
tardes los muchos libros y la sombra.

Al errar por las lentas galerías
suelo sentir con vago horror sagrado
que soy el otro, el muerto, que habrá dado
los mismos pasos en los mismos días.

¿Cuál de los dos escribe este poema
de un yo plural y de una sola sombra?
¿Qué importa la palabra que me nombra
si es indiviso y uno el anatema?

Groussac o Borges, miro este querido
mundo que se deforma y que se apaga
en una pálida ceniza vaga
que se parece al sueño y al olvido.

miércoles, 22 de junio de 2011

El Gran Divorcio. Capítulo 12 y último

Amigos, con esta entrada, damos por finalizada la publicación de El Gran Divorcio de C. S. Lewis. Ahora ya lo tienen completo para poder leerlo. Saludos.


12

Y todo cambió de súbito. Vi una gran asamblea de formas
gigantescas, todas inmóviles, todas en el más profundo de los
silencios, de pie, para siempre, junto a una pequeña mesa de
plata, mirándola. Sobre la mesa había unas figurillas, como de
piezas de ajedrez, que avanzaban y retrocedían haciendo esto y
aquello. Y supe que cada una de las piezas era el idolum, el
representante en pequeño de alguna de las grandes presencias. Y
los actos y movimientos de cada pieza eran un retrato móvil, una
mímica o pantomima, que delineaba la naturaleza interior de su
maestro gigante. Y estas piezas eran hombres y mujeres como se
ven a sí mismos y como se ven unos a otros en este mundo. Y la
mesa de plata es el Tiempo. Y los que están de pie junto a la mesa
son las almas inmortales de esos mismos hombres y mujeres. El
vértigo y el terror se apoderaron de mí. Me apreté contra mi
maestro y le dije:
—¿Esta es la verdad? ¿Es falso entonces todo lo que he estado
viendo en este país? ¿Esas conversaciones entre espíritus y
fantasmas eran sólo la mímica de opciones que realmente estaban
hechas desde hacía mucho?
—¿O no podrías decir también que son una anticipación de una
opción que se hará al final de los tiempos? Pero es mejor que no
digas nada. Estás viendo las opciones con mayor claridad que la
que podrías conseguir en la tierra: los lentes están más claros.
Pero sigues viendo a través de los lentes. No pidas a una visión de
sueño que te dé más de lo que una visión de sueño puede dar.
—¿Un sueño? Entonces..., entonces..., ¿no estoy aquí, señor?
—No, hijo —me contestó bondadosamente, tomándome las
manos—. No es tan bueno como eso. El trago amargo de la
muerte aún está ante ti. Sólo estás soñando. Y si llegas a contar lo
que has visto, deja en claro que no es más que un sueño. Trata de
dejarlo muy en claro. No vayas a darle a ningún tonto pretextos
para creer que estás pretendiendo conocer lo que ningún mortal
conoce. No quiero tener ningún Swedenborg ni ningún Vale Owens
entre mis hijos.
—Que Dios no lo quiera, señor —le dije, tratando de parecer muy
sabio.
—El lo ha prohibido. Eso es lo que te estoy diciendo.
Mientras hablaba, parecía más escocés que nunca. Le miraba
atentamente a la cara. La visión de las piezas de ajedrez se había
borrado, y una vez más estaban en torno nuestro los silenciosos
bosques en la fría luz anterior al alba. Entonces, todavía mirándole
el rostro, vi algo que me hizo estremecer entero. Daba la espalda
al este en ese momento, y a las montañas; él, de frente, las
miraba. El rostro se le encendió con una luz nueva. Un helécho, a
unos treinta metros detrás de él, se volvió dorado. El costado este
de cada árbol empezó a brillar. Se alargaron las sombras y se
ahondaron. Todo el tiempo había habido trinos de pájaros, cantos;
pero ahora, de súbito, un coro completo surgió del follaje;
cantaban los gallos, había música de trompas y trompetas; por
sobre ello, diez mil lenguas de hombres y de ángeles del bosque, y
la misma madera, cantaban. "¡Viene!
¡Viene!" cantaban. "¡Despertad, los dormidos! ¡Viene, viene,
viene!" Me atreví a mirar, temeroso, por sobre el hombro y alcancé
a ver (¿o no alcancé?) el borde mismo del sol que amanecía y
mataba al tiempo con flechas doradas y forzaba la huida de todas
las formas fantasmales. Gritando, hundí la cara en los pliegues de
la túnica de mi maestro. "¡La mañana! ¡La mañana!", grité, "me
alcanza la mañana y soy un fantasma". Pero fue demasiado tarde.
La luz, como bloques sólidos, insoportable de aristas y de peso,
cayó tronando sobre mi cabeza. Un momento después los pliegues
de la vestidura de mi maestro sólo eran los del viejo mantel
manchado de tinta de mi escritorio que había tirado al piso al
caerme de la silla. Los bloques de luz sólo eran los libros que
arrastré conmigo y me cayeron en la cabeza. Desperté en una
habitación fría, de bruces en el piso, junto a un arcón negro y
vacío; el reloj daba las tres y aullaba una sirena.

El Gran Divorcio. Capítulo 11


11

No sé si alguna vez vi algo más terrible que la lucha de ese enano
fantasma contra la alegría. Porque casi estaba superado. En algún
lugar, hace años incalculables, debió haber en él algún rasgo de
humor y de razón. Por un momento, mientras ella lo miraba con
tanto amor y tanta gracia, percibió lo absurdo del trágico. Por un
momento comprendió muy bien su risa: también debió saber
alguna vez que no hay gente más absurda que los amantes. Pero
la luz que le llegaba lo alcanzaba contra su voluntad. No era el
encuentro que había previsto. No lo iba a aceptar. Una vez más se
aferró a su tabla de salvación. Y habló el trágico.
—¡Te atreves a burlarte! —rugió—. ¿Y en mi cara? Esta es mi
recompensa. Muy bien. Es una suerte que no te importe mi
destino.
De otro modo sentirías mucho estar enviándome otra vez de
vuelta al infierno. ¿Qué? ¿Crees que estoy allí ahora? Gracias. Creo
que siempre he sido rápido para darme cuenta de dónde no me
quieren.
De dónde "no me necesitan" es la expresión correcta, si no
recuerdo mal.
Desde ese instante el enano no volvió a hablar. Pero la señora
siguió hablándole.
—Querido, nadie te está enviando de regreso. Aquí está toda la
alegría. Todo te pide que te quedes.
Pero el enano se encogía con cada palabra suya.
—Sí —dijo el trágico—. Lo mismo le ofrecerías a un perro.
Sucede que aún me queda algo de autoestima y me doy cuenta de
que el hecho de que me vaya no te afectará en lo más mínimo. No
te importa nada que vuelva al frío y a esas calles tristes, solitarias,
solitarias...
—No, no, Frank —dijo la señora—. No lo dejes hablar así.
Pero el enano estaba ahora tan pequeño que ella debió arrodillarse
para hablarle. El trágico cogió esas palabras con la misma codicia
que un perro coge un hueso.
—¡Ah, no puedes soportar oír eso! —gritó, en tono de triunfo,
miserable—. Ese fue siempre el modo. Tenías que ser acogida. Las
cosas tristes había que mantenerlas lejos de ti. ¡Y crees que vas a
ser feliz sin mí, olvidándome! Ni siquiera deseas escuchar algo de
mis sufrimientos. Dijiste que no. Que no te lo dijeran. Que no te
hicieran sufrir. Que no interrumpan tu acolchado cielo. Y ésta es la
recompensa...
Se inclinó aún más para hablarle al enano, que ya no era más alto
que un gatito y se mantenía aferrado a la cadena con las manos
en el aire.
—Eso no es lo que dije, no —respondió—. Quería decir que dejaras
de actuar. No sirve de nada. Eso te está matando. Deja esa
cadena. Incluso ahora.
—Actuar —aulló el trágico—. ¿Qué quieres decir?
El enano era ahora tan pequeño que no lo alcanzaba a distinguir
de los eslabones de los cuales colgaba. Y por primera vez no estoy
seguro de si la señora se dirigía ahora al enano o al trágico.
—Rápido —decía—, todavía hay tiempo. Deja eso. Déjalo de
inmediato.
—¿Dejar qué?
—Deja de usar la piedad, la piedad de los demás,
equivocadamente. Todos lo hemos hecho alguna vez en la tierra,
lo sabes. La piedad es para estimular la alegría para que ayude,
consuele, al dolor. Pero se la puede utilizar en sentido contrario.
Se la puede utilizar para una especie de chantaje. Los que optan
por el dolor pueden retener de rehén a la alegría, a cambio de
piedad. Ya ves que sé lo que digo. Lo hacías hasta cuando niño. En
lugar de pedir disculpas, te ibas a la azotea y te escondías a sufrir
solo...
porque sabías que tarde o temprano alguna de tus hermanas iría
allí a decirte "no soporto que estés aquí solo, llorando". Usabas la
piedad para chantajearlas, y ellas, al fin, se rendían. Y más
adelante, cuando nos casamos... oh, pero no importa, si sólo
pudieras dejar de...
—Y eso —dijo el trágico—, eso es todo lo que has logrado aprender
de mí en todos esos años.
No sé qué había sido del enano. Quizás se había subido a la
cadena como un insecto, quizás la cadena lo había absorbido.
—No, Frank, aquí no —dijo la señora—. Escucha a la razón.
¿Crees que la alegría fue creada para vivir siempre bajo esa
amenaza? ¿Siempre indefensa contra los que prefieren sufrir antes
que ver contrariada su voluntad? Porque fue un verdadero dolor.
Ahora lo sé. Verdaderamente te destrozaste. Y todavía lo puedes
hacer. Pero ya no puedes comunicar tus propios destrozos
interiores.
Todo empieza a ser cada vez más lo que es y nada más que lo que
es.
Aquí hay alegría que no puede ser quebrantada. Nuestra luz se
puede tragar tu oscuridad; pero tu oscuridad no puede afectar
nuestra luz.
No, no, no. Ven con nosotros. No iremos a ti. ¿De verdad has
creído que el amor y la alegría podrían estar siempre a la merced
del mal talante y de los suspiros? ¿No sabes que son más
poderosos que sus contrarios?
—¿El amor? ¿Cómo te atreves a usar esa palabra sagrada? —dijo
el trágico.
En ese momento recogió la cadena, que por unos instantes
colgaba inútil a su lado, y de algún modo se las arregló con ella.
No estoy muy seguro, pero me parece que se la tragó. Entonces,
por primera vez, fue claro que la señora lo vio y se dirigió
exclusivamente a él.
—¿Dónde está Frank? —dijo—. ¿Y quién es usted, señor?
Nunca lo conocí. Quizás sea mejor que se marche. O que se
quede, si así lo prefiere. Si le sirviera de ayuda y si fuera posible
bajaría con usted al infierno; pero usted no puede traerme el
infierno a mí.
—Tú no me amas —agregó el trágico, con una voz de murciélago.
Ahora era muy difícil verlo.
—No puedo amar una mentira —dijo la señora—. No puedo amar a
la cosa que no es. Estoy en el amor y no saldré de él.
No hubo respuesta. El trágico se había desvanecido en el aire. La
señora estaba sola en ese lugar boscoso y un pájaro marrón pasó
caminando a su lado, doblando con sus pies ligeros las hierbas que
yo no podía doblar.
La señora se irguió y empezó a retirarse. Los otros espíritus
brillantes se adelantaron a recibirla, cantando mientras
avanzaban:
La Feliz Trinidad es su hogar; nada puede turbar su alegría.
Es el pájaro que elude toda trampa, el ciervo salvaje que salta
toda grieta. Como la gallina que cuida sus polluelos o como el
escudo al brazo del caballero: así es el Señor para su mente, en
Su inalterable lucidez.
No hay fantasmas que la atemoricen en la oscuridad; las balas no
la asustan durante el día.
Las falsedades disfrazadas de verdad la asaltan en vano: ve a
través de la mentira como si ésta fuera de vidrio.
El germen invisible no podrá dañarla: ni tampoco la violencia
radiante del sol. Mil no bastan para resolver el problema, diez mil
escogen el camino equivocado: pero ella lo supera fácilmente.
Destaca dioses inmortales para que la atiendan: en cada ruta que
deba recorrer.
Le llevan puentes a los lugares difíciles: no se dañará los pies en la
oscuridad.
Puede que camine entre leones y serpientes; entre dinosaurios y
crías de leonas.
El la llena con la inmensidad de la vida: él la guía a ver el deseo
del mundo.
—Y sin embargo... y sin embargo —le dije a mi maestro cuando
todas las formas y los cantos se habían adentrado bastante en la
selva—, todavía no estoy muy seguro. ¿Verdaderamente se puede
tolerar que ella deba permanecer intocada por el dolor de él,
aunque se trate de un dolor autoinfligido?
—¿Preferirías que él tuviera el poder, aún, de atormentarla? Lo
hizo durante días, durante años, en su vida terrenal.
—Bueno, no. Supongo que no deseo eso.
—¿Y qué entonces?
—No lo sé, señor. Lo que algunos dicen en la tierra es que la
pérdida final de una sola alma contradice la alegría de todos los
que se han salvado.
—Has visto que no es así.
—Pero siento que, en cierto sentido, debería ser así.
—Parece muy misericordioso; pero observa lo que surge tras ello.
—¿Qué?
—La exigencia del exento de amor, del aprisionado en sí mismo:
que se les debe permitir chantajear al universo, que hasta que no
consientan en ser felices (en sus propios términos) nadie podrá
gustar de la alegría, que tendrán la última palabra, que el infierno
pueda vetar al cielo.
—No sé lo que quiero, señor.
—Hijo, hijo, tiene que ser de un modo o del otro. O bien vendrá el
día en que prevalezca la alegría y ningún hacedor de dolores será
ya capaz de contaminarla o bien para siempre serán los hacedores
de dolor quienes puedan destruir la felicidad que rechazan para sí
mismos. Sé que suena muy bien el decir que uno no aceptará
ninguna salvación que deje en el lado oscuro a una sola creatura.
Pero cuídate de los sofismas, o terminarás como un perro en la
mansión del gran hambriento, del tirano del universo.
—¿Pero debe uno decir —resulta horrible decirlo— que la piedad
debe morir?
—Debes distinguir. La acción de la piedad vivirá para siempre;
pero no la pasión de la piedad. La pasión de la piedad, la piedad
que sólo sufrimos, el dolor que lleva a que los hombres concedan
lo que no deben conceder y a que adulen o halaguen cuando
deben manifestar la verdad, la piedad que ha engañado a tantas
mujeres que perdieron la virginidad, que ha privado a tanto
estadista de su honradez..., eso debe morir. La utilizan hombres
malos contra los buenos: esa arma será quebrada.
—¿Y cuál es la otra clase... la acción?
—Es un arma del otro lado. Se lanza más veloz que la luz desde lo
más alto hasta lo más bajo para curar y llevar la alegría,
cualquiera sea el costo. Cambia la oscuridad en luz y el mal en
bien. Pero no podrá imponer, a pesar de las astutas lágrimas
infernales, sobre el bien la tiranía del mal. Toda enfermedad que
se somete a la cura será curada; pero no llamaremos azul a lo
amarillo para agradar a los que siguen con hepatitis, ni
convertiremos en basural el jardín del mundo para complacer a los
que no soportan el aroma de las rosas.
—Dices que bajará hasta lo más bajo, señor. Pero ella no
descendió con él a los infiernos. Ni siquiera lo acompañó hasta el
autobús.
—¿Y dónde la habría llevado él?
—Por cierto, al lugar desde donde vinimos en ese bus. Hasta esa
gran explanada, más allá del acantilado. Por allá. Desde aquí no la
puedes ver, pero estoy seguro de que la conoces.
Mi maestro sonrió de manera enigmática.
—Mira —me dijo, y con esas palabras se puso de rodillas. Hice lo
mismo (¡y cómo me dolieron las rodillas!) y vi que había cogido
una hoja de hierba. Utilizó la fina punta como puntero y me hizo
ver, después que miré con suma atención, una grieta en el suelo,
tan pequeña que no la habría identificado sin su ayuda—. No estoy
seguro de que ésta sea la grieta por la cual llegaste. Pero llegaste,
sin duda, por una grieta no mayor que ésta.
—Pero, pero —tartamudeé, con una sensación de desconcierto no
muy distante del terror—. Pero si vi un abismo infinito. Y
acantilados enormes. Y después este país en la cima de los
acantilados.
—Sí. Pero el viaje no fue mera locomoción. Ese autobús, y todos lo
que estaban dentro, iban aumentando de tamaño.
—¿Me está diciendo que el infierno, toda esa ciudad infinita y
vacía, está allá abajo en una pequeña grieta como ésta?
—Sí. Todo el infierno es más pequeño que una piedrecilla de tu
mundo terrestre. Pero es más pequeño que un átomo de este
mundo, el mundo real. Mira esa mariposa. Si se tragara todo el
infierno, el infierno no sería lo bastante grande para hacerle el
menor daño, ni siquiera para que alcanzara a degustarlo.
—Parece bastante grande cuando se está adentro, señor.
—Y sin embargo todas las soledades, iras, odios, envidias y
rabietas que contiene, si se agruparan en una experiencia única y
se compararan con el menor momento de alegría que siente el
menor de los que están en el cielo, no tendrían peso registrable. El
mal no puede tener éxito en ser malo como el bien es bueno. Si
todos los dolores del infierno entraran juntos en la conciencia de
ese pájaro amarillo que está en la rama de ese árbol, serían
tragados y no dejarían huella alguna, tal como una gota de tinta
que cayera en ese gran océano del cual tu océano Pacífico de la
tierra no alcanza el tamaño de una de sus moléculas.
—Ya veo —dije por fin—. Ella no cabría en el infierno.
Asintió.
—Allí no hay sitio suficiente para ella. El infierno no podría abrir
una puerta tan ancha para que pasara.
—¿Y ella no podría empequeñecerse, como Alicia?
—No hay nada tan pequeño. Un alma condenada es casi nada; se
ha hundido, cerrado en sí misma. El bien golpea incesantemente a
los condenados como el sonido de las olas golpea los oídos de un
sordo, pero no pueden recibirlo. Tienen los puños apretados,
rechinan sus dientes, los ojos están cerrados. Primero no querrán,
por fin no podrán ni abrir las manos para recibir un regalo, ni la
boca para recibir alimento, ni los ojos para ver.
—¿Así que nadie los puede alcanzar nunca?
—Sólo el Mayor de todos puede hacerse lo bastante pequeño para
ingresar al infierno. Porque mientras más alta es una cosa, más
bajo puede descender. Un hombre puede simpatizar con un
caballo, pero el caballo no con una rata. Sólo Uno ha descendido a
los infiernos.
—¿Y lo volverá a hacer alguna vez?
—No hace tanto que lo hizo. El tiempo no funciona de ese modo
cuando has dejado la tierra. Todos los momentos que han sido o
serán, o son, están presentes en el momento de su descenso. No
hay espíritu en prisión a quien no hable.
—¿Y algunos lo escuchan?
—Sí.
—En tus propios libros, señor, eras universalista. Decías que todos
los hombres se salvarían. San Pablo lo dice también.
—No puedes saber nada del fin de todas las cosas, o nada
expresable en esos términos. Puede ser, como el señor dijo a Lady
Julián, que todos estén bien, y todos estarán bien, y todo tipo de
cosas estará bien. Pero es una tontería hablar de estos asuntos.
—¿Porque son tan terribles, señor?
—No. Porque todas las respuestas engañan. Si planteas la
pregunta desde dentro del tiempo y preguntas por posibilidades, la
respuesta es certera. La elección de los caminos está ante ti.
Ninguno está cerrado. Todo hombre puede escoger la muerte
eterna. Los que la escojan la tendrán. Pero si tratamos de saltar a
la eternidad, si intentas ver el final de todas las cosas tal como
será (por decirlo así), cuando ya no hay más posibilidad a
excepción de lo real, entonces estás preguntando lo que no puede
responderse a oídos mortales. El tiempo son los lentes mismos a
través de los cuales ves —pequeños y claros, pues los hombres
miran por el lado equivocado del telescopio— algo que de otro
modo sería demasiado grande para ser visto. Eso es la libertad: el
don por el cual más te pareces a tu Hacedor y te haces parte de la
realidad eterna. Pero sólo puedes verla a través de los lentes del
tiempo, en un cuadro pequeño y claro, porque el telescopio está
invertido. Es un cuadro de instantes que se persiguen uno al otro y
de ti mismo optando de un modo que podría ser distinto. Ni la
sucesión temporal ni el fantasma de lo que puedas escoger y no
escoges es, en sí mismo, la libertad. Son lentes. El cuadro es un
símbolo: pero es más verdad que un teorema filosófico (y, quizás,
más cierto que una visión mística) que pretenda ser su
consecuencia. Porque cualquier intento de ver la forma de la
eternidad, a menos que se efectúe a través de los lentes del
tiempo, destruye tu conocimiento de la libertad. Observa la
doctrina de la predestinación, que muestra (y es verdad) que la
realidad eterna no está a la espera de un futuro para ser real; pero
al precio de suprimir la libertad, que es la verdad más profunda de
las dos. ¿Y acaso el universalismo no hace lo mismo? No puedes
conocer la eternidad mediante una definición. El tiempo mismo, y
todos los actos y sucesos que llenan el tiempo, son la definición, y
se los debe vivir.
El Señor dijo que éramos dioses. ¿Cuánto tiempo podrías soportar
la contemplación (sin los lentes del tiempo) de la grandeza de tu
propia alma y la realidad eterna de su opción?