2
No quedé mucho tiempo más a merced del poeta despeinado: otro
pasajero nos interrumpió la charla. Pero antes de que eso
sucediera ya había aprendido bastante sobre el poeta. Al parecer
era un hombre a quien se había aprovechado singularmente poco.
Sus padres nunca lo estimaron y ninguna de las cinco escuelas a
que asistió parecía haber previsto nada adecuado para un talento y
carácter como el suyo. Para empeorar las cosas, era justamente el
tipo de niño para el cual los exámenes parecen funcionar con el
máximo de injusticia y absurdo. Sólo cuando llegó a la universidad
empezó a reconocer que todas esas injusticias no eran un azar,
sino los inevitables resultados de nuestro sistema económico. El
capitalismo, además de esclavizar a sus trabajadores, les rebajaba
el gusto y les vulgarizaba el intelecto. De allí provenía ese sistema
educacional y la falta de "reconocimiento" del genio. Este
descubrimiento lo convirtió al comunismo. Pero vino la guerra y la
alianza de Rusia con los gobiernos capitalistas; una vez más se
halló aislado y debió entonces pasar a objetor de conciencia. Las
indignidades a que se vio sometido en esta etapa de su carrera,
confiesa, lo amargaron. Decidió que serviría mejor a la causa si se
iba a América. Pero América muy pronto también estaba en
guerra.
En ese instante, de súbito, descubrió que Suecia era el hogar de
un arte decididamente nuevo y radical. Pero sus distintos
opresores no le habían dado precisamente facilidades para viajar a
Suecia.
Problemas de dinero. Su padre, que jamás progresó más allá de la
más atroz complacencia y vulgaridad mental de la época
victoriana, le entregaba una pensión que por lo inadecuada rayaba
en la insolencia. Una joven, además, lo había tratado muy mal. La
había creído dotada de personalidad civilizada y adulta, pero de
repente manifestó una verdadera masa de prejuicios burgueses e
instintos monógamos. Le disgustaban sus celos y posesividad; le
disgustaban los celos y los afanes posesivos en general. Al final
resultó hasta mezquina con el dinero. Fue la gota que rebasó el
vaso. Había saltado bajo un tren...
Me sobresalté, pero no lo advirtió.
Incluso entonces, prosiguió, la mala suerte continuó
persiguiéndolo. Le enviaron a la ciudad gris. Pero fue un error, por
supuesto. Ya descubriría, me dijo, que todos los pasajeros estarían
conmigo en el viaje de regreso. Pero él no. Iba a quedarse "allí".
Se sentía completamente seguro de que se dirigía donde, por fin,
su refinado espíritu ya no sería ultrajado por un medio hostil; allí
hallaría "reconocimiento" y "aprecio". Entretanto, como yo no tenía
los anteojos, me iba a leer el fragmento ante el cual Cyrill Blellow
mostró tan poca sensibilidad... Fue en ese instante cuando nos
interrumpieron. Una de las peleas, que parecían estar en perpetuo
estado de latencia en el bus, estalló; hubo casi una estampida.
Aparecieron cuchillos; se disparó pistolas. Pero todo parecía
extrañamente inocuo, y cuando terminó, no tenía daño alguno
aunque estaba sentado en otro sitio y con un nuevo compañero.
Era un hombre de aspecto inteligente, nariz bulbosa y elegante
sombrero.
Miré por las ventanas. Estábamos tan alto que todo lo de abajo
resultaba vagaroso, impreciso. No veía, sin embargo, ni ríos ni
montañas ni campos: la ciudad gris parecía llenar aún el campo
visual.
—Parece una ciudad endemoniada —aventuré—. Y no lo consigo
entender. Las partes que conocí estaban tan vacías. ¿Hubo antes
más población?
—De ningún modo —-dijo mi acompañante—. El problema es que
son tan irascibles. Tan pronto llega uno, se instala en alguna calle.
Antes de estar allí veinticuatro horas, ya se ha peleado con el
vecino. No ha pasado una semana y las peleas son tan serias que
decide trasladarse. Es muy posible que halle vacía la calle
contigua, porque toda la gente ya ha peleado con sus vecinos y se
ha marchado. Si es así, allí se instala. Si por alguna razón esa calle
está llena, continúa más allá. Pero es igual, aunque trate de
quedarse. De seguro va a tener una pelea muy pronto y deberá
cambiarse.
Finalmente se irá hasta los confines de la ciudad y construirá una
casa nueva. Ve usted, así de fáciles son las cosas. Basta con que
piense en una casa y allí está. Así continúa creciendo la ciudad.
—¿Y deja más y más calles vacías?
—Exacto. Y el tiempo es aquí algo azaroso. El lugar donde
tomamos el autobús queda a miles de kilómetros del centro cívico,
donde llegan todos los que vienen de la tierra. Toda la gente que
conoció vivía cerca del terminal. Pero les había tomado siglos —
según el tiempo nuestro— llegar allí, traslado a traslado.
—¿Y qué hay de los primeros que llegaron? Quiero decir..., tiene
que haber gente que vino de la tierra a su ciudad hace aún más
tiempo.
—Exacto. Hay. Se han estado moviendo y moviendo.
Apartándose. Ahora deben estar tan lejos que nunca pensarán en
venir al terminal de buses. Distancias astronómicas. Cerca de
donde vivo hay una ligera eminencia de tierra y un amigo tiene un
telescopio. Se pueden ver las luces de las casas habitadas, donde
viven esos antiguos, a millones de kilómetros. Millones de
kilómetros de nosotros y entre ellos. De vez en cuando se alejan
un poco más todavía. Es uno de los desengaños. Creí que podría
conocer personajes históricos interesantes. Pero no es posible:
están demasiado lejos.
—¿Llegarán a tiempo a la parada del autobús si alguna vez se
mueven?
—Bueno... En teoría. Pero hay distancias de años luz. Y ya no lo
van a querer hacer. Por lo menos esos viejos amigos como
Tamerlán y Gengis Khan, o Julio César o Enrique V.
—¿No van a querer?
—Exacto. El más próximo de esos antiguos es Napoleón. Lo
sabemos porque dos amigos hicieron el viaje para conocerlo.
Partieron mucho antes de que yo viniera, por cierto. Pero estaba
allí cuando volvieron. Les costó unos quince mil años de los
nuestros.
Ya tenemos localizada la casa. Sólo un pequeño punto de luz y
nada más por ahí cerca en millones de kilómetros.
—¿Pero ellos llegaron allí?
—Exacto. Se había construido una casa enorme de estilo Imperio.
Filas de ventanas resplandecientes de luz. Aunque sólo se ve como
un pequeño punto desde donde vivo.
—¿Vieron a Napoleón?
—Exacto. Se subieron y miraron por una de las ventanas. Allí
estaba Napoleón.
—¿Y qué hacía?
—Caminaba de un lado a otro, arriba y abajo todo el tiempo, de
izquierda a derecha, de derecha a izquierda.
No se detenía un momento. Los dos amigos lo miraron durante un
año y nunca descansó. Y hablaba solo, en voz baja, todo el
tiempo. "La culpa fue de Soult. Fue de Ney. Fue de Josefina. La
culpa la tuvieron los rusos. La tuvieron los ingleses." Algo así todo
el tiempo. Nunca se detuvo. Un hombre pequeño y gordo; se veía
algo cansado. Pero no parecía capaz de detenerse.
Las vibraciones indicaban que el autobús seguía moviéndose.
Pero nada se veía ahora por las ventanas. Nada, a excepción de un
vacío gris arriba y abajo.
—¿Entonces la ciudad va a seguir creciendo indefinidamente? —
pregunté.
—Exacto —dijo el inteligente—. A menos que alguien haga algo al
respecto.
—¿Y cómo?
—Bueno, por cierto, entre usted y yo y el muro. Este es mi
trabajo, de momento. ¿Cuál es el problema de este lugar? No es
que la gente sea tan irascible. Eso pertenece a la naturaleza
humana y así ha sido siempre sobre la tierra. El problema es que
no tienen necesidades. Usted consigue todo lo que desea (no de
muy buena calidad, por supuesto) sólo con imaginarlo. Por eso no
hay dificultades para cambiarse a otra calle o construir otra casa.
En otras palabras, no existe una base económica para una vida en
comunidad.
Si necesitaran tiendas verdaderas, los muchachos tendrían que
quedarse cerca de donde hay tiendas verdaderas. Si necesitaran
casas verdaderas, tendrían que quedarse donde están los
constructores. La escasez es lo que permite existir a las
sociedades. Bueno, allí aparezco yo. No hago este viaje por
razones de salud. Tal como van las cosas, no creo que me siente
bien llegar allá arriba. Pero si consigo volver con algunos bienes
verdaderos —cualquier cosa que sirva para morder, beber o para
sentarse en ella—, bien, de inmediato habrá demanda allá abajo
en la ciudad. Empezaré un pequeño negocio. Tendré algo para
vender. Muy pronto habrá gente que vendrá a vivir cerca...
Centralización. Dos calles vacías bastarán para acomodar a la
gente que está ahora esparcida en millones de kilómetros
cuadrados de calles vacías. Tendré una grata ganancia y al mismo
tiempo seré benefactor público.
—¿Me está diciendo que si ellos tienen que vivir juntos van a
aprender poco a poco a no pelearse?
—Bueno, de eso no sé. Pero me atrevería a decir que se los podrá
mantener algo más tranquilos. Habría la posibilidad de organizar
una fuerza de policía. Introducirles algo de disciplina. En cualquier
caso (y aquí bajó la voz) sería mejor, sabe usted. Todo el mundo
lo acepta. La seguridad está en la cantidad.
—¿La seguridad de qué? —empecé a preguntar, pero mi
compañero me indicó que me callara. Cambié la pregunta—. Un
momento —dije—, si les basta imaginarlo para obtener cualquier
cosa, ¿por qué iban a desear cosas reales como usted las llama?
—¿Eh? Oh, bueno, les gustan las casas que protegen de la lluvia.
—¿Las que tienen no lo hacen?
—Bueno, por supuesto que no. ¿Cómo los iban a proteger?
—¿Y para qué demonios las construyen entonces? El inteligente
acercó su rostro al mío.
—La seguridad, otra vez —murmuró—. Por lo menos la sensación
de seguridad. Todo está bien ahora; pero después... , usted
comprende.
—¿Qué? —dije, bajando la voz, involuntariamente, casi a un
susurro.
Articuló palabras sin ruido, como si supusiera que yo sabía leer los
labios. Acerqué la oreja a su boca.
—Hable —le dije.
—Estará oscuro en un instante —contestó.
—¿Me está diciendo que verdaderamente esta tarde se va a tornar
en noche al fin?
Asintió.
—¿Y esto qué tiene que ver con ello? —dije.
—Bueno..., nadie quiere estar afuera cuando eso sucede.
—¿Por qué?
Su respuesta fue tan furtiva que tuve que pedirle que la repitiera
varias veces. Cuando terminó de hacerlo, algo molesto (como se
suele estar cuando se habla mucho en susurros), le contesté sin
acordarme de bajar la voz.
—¿Quiénes son "ellos"? ¿Y qué teme que le hagan? ¿Y por qué
tienen que salir cuando está oscuro? ¿Y qué protección va a dar
una casa imaginaria si hay peligro?
—¡Aquí! —gritó el grande—. ¿Quién dice esas cosas? Dejen de
hablar y de murmurar ustedes dos, ¿o quieren que los convenza,
eh?
Sembrar rumores, eso es lo que es. Se callan de una vez, ¿de
acuerdo?
—Correcto. Escandaloso. Se los debe juzgar. ¿Cómo entraron al
autobús? —gruñían los pasajeros.
Un hombre gordo, cuidadosamente afeitado, que iba en el asiento
de enfrente, se inclinó y me habló en tono culto.
—Perdone usted —dijo—, pero no pude evitarlo y escuché parte de
lo que conversaban. Es sorprendente lo que perduran estas
supersticiones primitivas. ¿Me permite? Oh, que Dios bendiga mi
alma, eso es todo. No hay ni la menor evidencia que muestre que
este atardecer se vaya a transformar en noche. Entre la gente
educada ha habido una verdadera revolución en cuanto a las
opiniones al respecto. Me sorprende que usted no haya oído nada.
Todas esas fantasías, pesadilla de nuestros antepasados, han sido
borradas del mapa. Lo que ahora vemos en esa media luz apagada
y delicada es la promesa del amanecer, el lento volverse de toda
una nación hacia la luz. Movimiento lento e imperceptible, por
cierto. "Y no sólo por las ventanas del Oriente cuando llega la luz
del día, llega en efecto la luz." Y esa pasión por "verdaderas"
provisiones, de que habla nuestro amigo, es mero materialismo,
sabrá usted. Una regresión. ¡Ligada sin remedio a la tierra! Un
antojo de materia. Pero nosotros contemplamos esta ciudad
espiritual —que a pesar de todas sus fallas es espiritual— como
una sala cuna en que las funciones creativas del hombre, liberadas
de las ataduras de la materia, empiezan a probar sus alas. Un
pensamiento sublime.
Hubo un cambio algunas horas más tarde. Empezó a haber cierta
luminosidad en el bus. El gris de fuera de las ventanas pasó del
color del fango a un gris perla, luego a un azul debilísimo y en fin a
un brillo azulado que golpeaba los ojos. Parecíamos flotar en un
puro vacío. No había ni tierras ni sol ni estrellas a la vista, sólo el
abismo radiante. Abrí la ventana. Entró un frescor delicioso y
entonces...
—¿Qué demonios está haciendo? —gritó el inteligente, que se
inclinó con brusquedad y cerró violentamente la ventana—.
¿Quiere que nos muramos de frío?
—¡Pégale! —dijo el grande.
Di un vistazo por el autobús. Las ventanas estaban cerradas, las
cortinas corridas; pero el autobús estaba lleno de luz. Una luz
cruel.
Los rostros y formas que me rodeaban me hicieron estremecer.
Todos eran rostros fijos, horros de posibilidades, llenos de
imposibilidades, algunos estragados, otros casi tumefactos,
algunos resplandecientes de ferocidad idiota, otros sumergidos en
sueños más allá de toda recuperación. Pero todos, de un modo u
otro, distorsionados, difusos. Daba la impresión de que caerían en
pedazos de un momento a otro; que bastaba que aumentara la
luz.
Entonces —había un espejo al final del bus— me vi a mí mismo.
Y la luz seguía aumentando.
3
Un acantilado emergía delante de nosotros. Se hundía
verticalmente tan lejos que no alcanzaba a ver el fondo; era
oscuro y suave. Subíamos continuamente. Por fin fue visible la
cúspide, como una fina línea esmeralda, tensa como cuerda de
violín. Ya nos deslizábamos sobre esa cima, volábamos sobre un
área plana, verde de hierba, atravesada por un ancho río.
Empezábamos a perder altura. Algunos de los árboles más altos no
distaban más de siete metros por debajo de nosotros. De súbito,
nos detuvimos. Todo el mundo se había puesto de pie.
Maldiciones, amagos de golpes, amenazas, fetidez de vituperios:
todo esto llegó a mis sentidos mientras mis compañeros pasajeros
luchaban por salir. Un momento después todos lo habían
conseguido. Quedé solo en el autobús. A través de la puerta
abierta me llegó, en medio de la quietud y el frescor, el canto de
una alondra.
Salí. La luz y el frío que me empaparon eran como de esas
mañanas de verano, madrugadas uno o dos minutos antes de
surgir el sol, sólo que había cierta diferencia. Tenía la sensación de
estar en un espacio más amplío, quizás en una especie de espacio
más amplio, más amplio que cualquier otro que hubiera conocido.
Como si el cielo estuviera aún más lejos y fuera sin fin la extensión
de la verde pradera, más ancha que en nuestra pequeña, habitual
bola de tierra. Había "salido" en un sentido que convertía al mismo
sistema solar en algo interior. Esto me daba sensación de libertad,
pero también la de estar expuesto, posiblemente en peligro; y me
acompañó en todo lo siguiente. La imposibilidad de comunicar esa
sensación, e incluso de inducir su recuerdo a medida que continúo,
me hace desesperar de poder trasmitir la calidad verdadera de lo
que vi y oí.
Al principio, por supuesto, observé a mis compañeros, que aún se
mantenían agrupados en los alrededores del autobús, pero
empezaban a adentrarse en el paisaje con pasos vacilantes. Me
sobresaltó verlos. Ahora que estábamos a la luz eran
transparentes, completamente transparentes cuando quedaban
contra la luz, traslúcidos, imperfectamente opacos cuando
quedaban a la sombra de algún árbol. De hecho, eran fantasmas:
manchas de forma humana en el resplandor del aire. Se podía
observarlos o ignorarlos tal como uno hace con las manchas de
suciedad en un vidrio.
Advertí que el césped no se doblaba bajo sus pies; ni siquiera se
perturbaban las gotas de rocío.
Entonces se me debe haber provocado un ajuste en la mente o
una adecuación en el foco de los ojos. Vi todo el fenómeno a la
inversa. Los hombres eran tal cual siempre habían sido, quizás
como todos los hombre que he conocido. Lo diferente eran los
árboles, el césped, la luz: hechos de alguna sustancia distinta,
tanto más sólida que la de las cosas de nuestro país; en
comparación con ella los hombres eran fantasmas. Impulsado por
un repentino pensamiento, me incliné a coger una margarita que
crecía a mis pies. El tallo no se rompía. Traté de torcerlo, pero no
se torcía. Tiré y tiré hasta que el sudor me humedeció la frente,
hasta casi perder la piel de las manos.
La pequeña flor era dura, no como la madera ni siquiera como el
hierro, sino como diamante. Había una hoja —una joven y tierna
hoja de haya— caída en el césped. Traté de recogerla. Casi se me
rompe el corazón con el esfuerzo. Creo que alcancé a alzarla
apenas. Pero debí soltarla de inmediato. Era más pesada que un
saco de carbón. Mientras me erguía y trataba de recuperar el
aliento, entre jadeos y sin dejar de mirar la margarita, advertí que
podía ver la hierba no sólo entre mis pies sino a través de mis
pies. También era un fantasma. ¿Quién me podría prestar palabras
para expresar el terror de ese descubrimiento? "¡Caramba!",
pensé, "esta vez sí que va en serio".
—¡No me gusta! ¡No me gusta! —gritó una voz—. ¡Me da asco!
Uno de los fantasmas pasó a gran velocidad y volvió a subir al
autobús. Nunca volvió a salir, que yo sepa. Los otros se quedaron,
inseguros.
—Eh, señor —dijo el grande, dirigiéndose al conductor—, ¿cuándo
está previsto que regresemos?
—No necesitan regresar, a menos que lo deseen —contestó—.
Se pueden quedar cuanto quieran. Hubo un momento de
desconcierto.
—Esto es sencillamente ridículo —dijo una voz a mi oído.
Uno de los fantasmas más silenciosos y más respetables se me
había acercado.
—Debe haber un error administrativo —continuó el fantasma
silencioso—. ¿Qué sentido tiene dejar a todos estos flotando por
aquí todo el día? Mírelos. No están gozando. Eran mucho más
felices en casa. Ni siquiera saben qué hacer.
—Yo tampoco lo sé muy bien —le dije—. ¿Qué se supone que hace
uno?
—¿Oh, yo? Me encontrarán de un momento a otro. Me esperan.
Esto no me preocupa. Pero resulta un tanto desagradable que el
primer día uno se encuentre con todo el lugar repleto de viajeros.
¡Condenación, pero si el objetivo principal para venir aquí era
evitarlos!
Se apartó de mí. Y empecé a mirar alrededor. A pesar de su
referencia implícita a una multitud, la soledad era tan vasta que
apenas podía advertir el grupo de fantasmas. El verde y la luz casi
se los habían tragado. Pero muy lejos pude ver lo que podría ser
un gran banco de nubes o los flancos de montañas. Por momentos
alcanzaba a avizorar selvas empinadas, distantes valles muy
amplios e incluso ciudades de la montaña encaramadas en cimas
inaccesibles.
En otros instantes eso se volvía indistinguible. La altura era tan
enorme que mi vista normal de vigilia no habría alcanzado a captar
ningún objeto. La luz reverberaba en las cumbres, desde tan lejos
y tan oblicua que provocaba largas sombras junto a cada árbol de
la llanura. Nada cambiaba ni avanzaba a medida que discurrían las
horas. La promesa —o la amenaza— de la salida del sol continuaba
inmóvil, allá arriba.
Mucho después vi gente que se acercaba a nosotros. Brillaban, y
las pude ver mientras estaban aún muy lejos. Al principio no supe
que era gente. Kilómetro a kilómetro se iban acercando. La tierra
temblaba bajo sus pasos con el golpear de los fuertes pies en la
hierba húmeda. Una fina niebla y un aroma dulce se expandían allí
donde aplastaban la hierba y esparcían el rocío. Algunos iban
desnudos, otros, vestidos. Pero los desnudos no parecían menos
adornados, y las ropas no ocultaban, en quienes las llevaban, lo
portentoso de los músculos ni la radiante suavidad de la carne.
Algunos tenían barba, pero ninguno me pareció de edad alguna.
Uno puede captar rasgos fugaces —incluso en este país— de lo que
carece de edad: el pensamiento denso en el rostro de un niño, la
despreocupada infancia en el de un anciano. Aquí todo era así.
Avanzaban sin pausa. No terminaba de gustarme la situación. Dos
fantasmas gritaron y corrieron al autobús. El resto de nosotros se
apretujó uno contra otro.
La gente sólida se acercaba y advertí que se movían con orden y
propósito, como si cada uno hubiera decidido venir hacia uno solo
de nuestro grupo. "Habrá escenas de encuentro", pensé. "Quizás
no convenga estar mirando." Y de inmediato me empecé a alejar
con el vago pretexto de que quería explorar un poco. Un grupo de
enormes cedros, a mi derecha, parecía atractivo. Caminar resultó
difícil. La hierba, dura como diamante para mis pies insustanciales,
me hacía sentir que caminaba sobre rugosas rocas y padecí
dolores como los de la sirena de Hans Andersen. Un pájaro pasó
enfrente. Lo envidié.
Pertenecía a esta región y era tan real como la hierba. Podía
doblar los tallos y mojarse con el rocío.
Casi en seguida me siguió el que llamaba el grande..., aunque,
para decirlo con más propiedad, debía llamar el gran fantasma. A
él lo seguía uno de los personajes brillantes.
—¿No me conoces? —le gritó al fantasma.
Me fue imposible no volverme y prestar atención. El rostro del
espíritu sólido —era de los que llevaban ropa— me dio deseos de
bailar. Era jocundo, de aplomo absolutamente juvenil.
—Bueno, condenación —dijo el fantasma—. Nunca lo habría creído.
Sorpresa total. No está bien, Len. ¿Y qué fue del pobre Jack, eh?
Se te ve muy satisfecho, pero lo que yo digo es ¿qué fue del pobre
Jack?
—Está aquí —contestó el otro—. Lo verás muy pronto, si te
quedas.
—Pero lo asesinaste.
—Por supuesto. Todo está arreglado.
—¿Arreglado? Lo estará para ti. ¿Pero qué hay del pobre
muchacho, tirado, frío y muerto?
—Pero no lo está. Ya te lo dije, lo verás muy pronto. Te envía
saludos.
—Lo que me gustaría entender —dijo el fantasma— es qué haces
aquí, feliz como unas pascuas, tú, un sanguinario asesino,
mientras yo me he pasado pateando calles allá abajo y viviendo
todos estos años en un lugar digno de cerdos.
—Es un poco difícil de entender al principio. Pero ya todo se acabó.
Ahora te resultará agradable. Hasta entonces no hay motivo para
preocuparse.
—¿No hay motivo para preocuparse? ¿No te da vergüenza?
—No. No como tú crees. No me miro a mí mismo. Me he olvidado
de mí. Tuve que hacerlo, sabes, después del asesinato. Eso fue lo
que eso me provocó. Y así empezó todo.
—Personalmente —dijo el gran fantasma, con un énfasis que
contradecía el significado habitual de la palabra—, personalmente,
he pensado que tú y yo debíamos estar exactamente al revés. Esa
es mi opinión personal.
—Es muy posible que finalmente sea así —agregó el otro—,
siempre que dejes de pensar en ello.
—Mírame ahora --dijo el fantasma, que se golpeó el pecho (pero
sin que se produjera sonido alguno)—. He sido recto toda la vida.
No digo que haya sido un hombre religioso ni que no haya tenido
mis fallas; todo lo contrario. Pero toda la vida he hecho lo mejor
que he podido, ¿ves? Lo mejor con todos, así he sido. Nunca pedí
nada que no fuera mío. Si quería un trago, lo pagaba. Si cobraba
algo era porque había hecho mi trabajo, ¿lo ves? Así he sido y no
me importa quién lo sepa.
—Sería mucho mejor no continuar con eso por el momento.
—¿Quién va a continuar? No estoy discutiendo. Sólo te estoy
diciendo la clase de persona que era, ¿lo ves? No exijo nada, sólo
mis derechos. Te crees que puedes menospreciarme porque vas
vestido así (y no ibas así cuando trabajabas a mis órdenes) y
porque soy un hombre pobre. Pero debo tener los mismos
derechos que tú, ¿lo ves?
—Oh no. No es tan malo. No he recibido lo que merezco. Si fuera
así, no estaría aquí. Y tú tampoco recibirás lo que mereces.
Recibirás algo mucho mejor. Nunca tengas miedo.
—Es justamente lo que decía. No he recibido lo que merezco.
Siempre hice lo mejor, todo lo posible, nunca hice nada malo. Y lo
que no comprendo es por qué me van a poner más abajo que un
asesino sanguinario como tú.
—¿Quién sabe dónde vas a estar? Sólo sé feliz y ven conmigo.
—¿Para qué sigues discutiendo? Sólo te estoy diciendo la clase de
persona que soy. Sólo quiero lo que me merezco, mis derechos.
No estoy solicitando la condenada caridad de nadie.
—Entonces hazlo. Pide caridad. Todo está aquí para que se lo pida
y nada puede ser comprado.
—Eso puede estar muy bien para ti, me parece. Si han optado por
dejar entrar a un sanguinario asesino sólo porque se puso a rogar
a último momento, allá ellos. Pero no me veo viajando en el
mismo barco que tú, ¿lo ves? ¿Por qué lo iba a hacer? No quiero
caridad.
Soy un hombre decente y si se me diera lo que merezco, hace
mucho que estaría aquí. Les puedes decir que lo dije.
El otro movió la cabeza.
—Nunca lo vas a lograr de esa manera —dijo—. Nunca se te
endurecerán los pies lo bastante para caminar sobre esta hierba.
Te agotarás antes de que lleguemos a las montañas. Y esto no es
precisamente la verdad, lo sabes.
La sonrisa le bailaba en los ojos mientras hablaba.
—¿Qué no es verdadero? —preguntó el fantasma, tragando saliva.
—No fuiste decente y no hiciste todo lo posible. Ninguno lo fue ni
nadie hizo todo lo que podía. Que Dios te bendiga, pero no
importa. No hace falta que recordemos eso.
—¡Tú! —masculló el fantasma—. ¿Tú tienes el descaro de decirme
a mí que no fui un tipo decente?
—Por supuesto. ¿Pero tenemos que volver sobre todo eso? Te voy
a decir algo, para empezar. El asesinato del viejo Jack no fue lo
peor que hice. Fue asunto de un instante y estaba medio loco
cuando lo hice. Pero te asesiné a ti, en el corazón, adrede, durante
años.
Solía quedarme despierto, por las noches, pensando en lo que te
haría si tenía oportunidad. Por eso me enviaron ahora contigo:
para que te pidiera perdón y fuera tu servidor mientras necesites o
quieras tener uno. Yo era el peor.
Pero todos los que trabajaron a tus órdenes sentían lo mismo.
Nos tratabas con mucha dureza, sabes. Y lo mismo hacías con tu
mujer y con tus hijos.
—Ocúpate de tus cosas, muchacho —dijo el fantasma—. ¿Nada de
habladurías, eh? No pienso tolerar ninguna indiscreción tuya.
—Aquí no hay vida privada —contestó el otro.
—Y te diré algo más —agregó el fantasma—. Te puedes ir, ¿ves?
Aquí no te quieren. Puede que sólo sea un pobre hombre, pero no
voy a confraternizar con un asesino ni menos voy a escuchar sus
consejos. ¿Así que te traté con dureza a ti y a otros como tú? Si te
vuelvo a tener allá, te voy a mostrar lo que verdaderamente es el
trabajo.
—Me lo puedes mostrar ahora —dijo el otro, casi riendo—. Será
gracioso ir a las montañas, pero habrá mucho trabajo.
—¿Supones que iré contigo?
—No te niegues. Nunca llegarías solo. Y yo soy el que te enviaron.
—¿Así que ése es el truco? —gritó el fantasma.
Exteriormente se lo veía amargado, pero me pareció que su voz
manifestaba una sensación de triunfo. Lo habían emplazado; podía
negarse; esto le parecía una ventaja.
—Me imaginaba que había un maldito sinsentido —continuó—.
Todo es una conspiración, una condenada conspiración. Diles que
no voy. Prefiero condenarme antes que ir contigo. Vine aquí para
obtener lo que merezco, ¿lo ves? No vine para andar lloriqueando
por caridad ni pegado a tu sombra. Si son tan amables y me
privan de tu compañía, regreso a casa.
Parecía casi feliz ahora que podía, en cierto sentido, amenazar.
—Eso es lo que haré —repetía—, me iré a casa. No vine aquí a que
me trataran como a un perro. Me voy a casa. Eso es lo que haré.
Todos ustedes pueden reventar...
Por fin, sin dejar de murmurar, pero vacilando un poco mientras se
abría paso en la dura hierba, se alejó.
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