El gran divorcio
C. S. Lewis
"No, no hay salida. No hay cielo que
contenga un poco de infierno. No hay
plan que mantenga esto o aquello del
demonio en nuestros corazones o en
nuestros bolsillos. Nuestro Satán debe
marcharse, completamente."
GEORGE MACDONALD
A Barbara Wall, la mejor y más tolerante de las escribas.
Prefacio
Blake escribió Matrimonio del Cielo y del Infierno. Si escribo sobre
su divorcio no es porque me considere digno antagonista de un
genio tan grande ni tampoco porque esté muy seguro de saber lo
que quiso decir. Pero, en algún sentido, resulta perenne el intento
de efectuar ese matrimonio. El intento se funda en la creencia de
que la realidad nunca nos encara con un "o esto o lo otro"
absolutamente inevitable; de que si contamos con bastante
habilidad y paciencia y (especialmente) con el tiempo suficiente,
siempre podremos hallar un modo de abrazar ambas alternativas;
de que el mero desarrollo o ajuste o refinamiento se las arreglará
para tornar el mal en bien sin que se nos obligue a un rechazo
total y definitivo de nada que nos guste retener o conservar. Me
parece una creencia desastrosamente errónea. No se puede llevar
todo el equipaje en cada viaje; hay un viaje en el cual puede ser
imprescindible dejar atrás hasta la mano derecha y el ojo derecho.
No estamos viviendo en un mundo en que todos los caminos sean
los radios de un círculo y donde, si los seguimos bastante,
llegaremos gradualmente entonces a estar más cerca y al final a
reunimos en el centro.
Vivimos, más bien, en un mundo donde todo camino, a los pocos
kilómetros, se bifurca y donde estos dos al poco tiempo vuelven a
bifurcarse; en cada encrucijada debemos optar. La vida, incluso a
nivel biológico, no se parece a un río sino a un árbol. No avanza
hacia la unidad, se aparta de ella; las creaturas se distancian más
y más mientras más se perfeccionan. El bien, en tanto madura,
continuamente se diferencia no sólo del mal sino de otros bienes.
No creo que perezca todo el que escoge los caminos equivocados;
pero su rescate consiste en hacerlo retornar al camino correcto.
Una suma equivocada se puede corregir; pero solamente si se
retrocede hasta encontrar el error y luego se vuelve a empezar
desde allí; nunca se la corrige con un mero seguir adelante. El mal
se puede deshacer; pero no puede "desarrollarse y convertirse" en
bien. El tiempo no lo cura. La urdimbre debe destejerse, paso a
paso, nudo a nudo; o no se deshará. Todavía estamos en "esto o
lo otro". Si insistimos en conservar el infierno (e incluso la tierra),
no veremos el cielo; si aceptamos el cielo, no podremos conservar
ni el menor ni el más íntimo recuerdo del infierno. Creo, por cierto,
que quienquiera que alcance el cielo descubrirá que no ha perdido
lo que abandonó (aunque se haya arrancado el ojo derecho); que
allí estará el meollo de lo que verdaderamente buscó incluso en
sus deseos más depravados, más allá de todo lo esperado,
aguardándolo en las "altas regiones". En ese sentido, será cierto
para quienes completaron la jornada (y para ningún otro) la
afirmación de que el bien es todo y el cielo está en todas partes.
Pero nosotros, que estamos a este extremo del camino, no
debemos intentar un anticipo de esa visión retrospectiva. Si lo
hacemos, es muy probable que abracemos la fantasía desastrosa
de que todo es bueno y hay cielo en todas partes.
¿Y qué decir, entonces, de la tierra? La tierra, creo, nadie la va a
hallar, en última instancia, en sitio muy preciso. Creo que la tierra,
si se la escoge en lugar del cielo, resultará, todo el tiempo, sólo
una región del infierno; y creo que la tierra, si se la sitúa después
que el cielo, resultará desde un principio una parte del mismo
cielo.
Sólo hay otras dos cosas que decir sobre este pequeño libro. En
primer lugar, debo reconocer la deuda que tengo con un escritor
cuyo nombre no recuerdo y al cual leí hace varios años en una
muy ilustrada revista norteamericana de lo que ellos llaman
"ciencia ficción". La calidad irrompible y tenaz de mi materia
celestial me la sugirió él, aunque utilizaba la fantasía con un
propósito diferente y sumamente ingenioso. Su héroe viajaba
hacia el pasado, y allí, muy adecuadamente, se topaba con gotas
de lluvia que lo traspasaban como balas y con bocadillos
imposibles de morder aunque se contara con la mayor fuerza
imaginable; en el pasado, por supuesto, nada podía ser alterado.
Yo, con menos originalidad, pero (supongo) con igual propiedad,
he transferido esto a lo eterno. Le ruego a este escritor, si alguna
vez lee estas líneas, que acepte mis agradecimientos. Lo segundo
es esto: les Riego a los lectores que recuerden que esto es una
fantasía. Contiene, por supuesto —o pretende tener—, una
moraleja.
Pero las condiciones transmortales sólo son un supuesto
imaginario: no pretenden adivinar ni especular sobre lo que
realmente nos puede esperar. Lo último que deseo es provocar la
curiosidad sobre detalles del otro mundo.
C.S. LEWIS Abril, 1945
CAPÍTULO 1
Al parecer, estaba en la cola del autobús, a un costado de una
calle larga, sórdida. Terminaba la tarde y llovía. Había paseado
durante horas por otras calles sórdidas, siempre bajo la lluvia y
siempre a la luz del último atardecer. El tiempo parecía detenido
en ese instante triste cuando sólo unas pocas tiendas han
encendido la luz y aún no hay bastante oscuridad para que sus
escaparates luzcan alegres. Y tal como la tarde no terminaba de
avanzar hacia la noche, así mis pasos no terminaban de llevarme a
las zonas mejores de la ciudad. Por más lejos que fuera sólo
hallaba decaídas casas de alojamiento, pequeñas tabaquerías,
acumulaciones indistintas de las cuales colgaban afiches
destrozados, bodegas sin ventanas, estaciones de carga sin trenes,
pequeñas librerías del tipo de las que venden las obras de
Aristóteles. Nunca me topé con nadie. A excepción del grupo en la
parada de autobús, toda la ciudad parecía vacía. Creo que por eso
me incluí en la cola.
De inmediato tuve un golpe de suerte. Apenas me situé en la fila,
una mujer pequeña, blanca, que debía estar delante de mí, le dijo
a un hombre que parecía acompañarla, "muy bien entonces. No
voy, por ningún motivo. Allá tú". Y dejó la fila. Por favor, no te
creas, dijo el hombre, en tono muy digno, "que me importa ir.
Sólo he tratado de agradarte. Lo que yo sienta es, por supuesto,
algo sin la menor importancia. Lo entiendo perfectamente". Y
adecuando palabra y acción, también se marchó. "Vaya", pensé
yo, "hemos ganado dos sitios". Quedé ahora junto a un hombre de
muy baja estatura, ceñudo, que me miró de modo demasiado
desfavorable y manifestó, en voz innecesariamente alta, al que
tenía al lado, "estas son las cosas que a uno lo hacen pensar dos
veces sobre este viaje".
"¿Qué cosas?", gruñó el otro, persona grande, carnosa. "Bueno",
dijo el breve, "ésta no es la sociedad a que estoy acostumbrado,
por cierto". "¡Oh!", dijo el grande, y luego, mirándome, "no le
tolere ninguna broma, señor. Usted no le tiene miedo, ¿verdad?"
Como viera que yo no hacía el menor movimiento, se volvió hacia
el breve y dijo: "¿No estamos a su altura, verdad?" Un momento
después golpeó al breve en el rostro y lo envió, despatarrado, a la
cuneta.
"Dejémoslo descansar, dejémoslo descansar", dijo el grande, a
nadie en particular. "Soy un hombre normal y corriente, eso soy, y
debo hacer respetar mis derechos como todo el mundo, ¿o no?"
Como el breve no manifestaba ninguna intención de volver a la fila
y muy pronto se marchó cojeando, me acerqué, con cierta
prudencia, al grande y me congratulé de haber ganado otro puesto
más. Casi al mismo tiempo, dos jóvenes que estaban delante de él
se marcharon del brazo. Se los veía tan de pantalones ceñidos,
esbeltos, risueños y de voz ligeramente aguda que no pude
asegurarme de su sexo, pero era evidente que preferían su mutua
compañía y no la oportunidad de un asiento en el autobús. "Nunca
entraremos todos", dijo una voz femenina algo quejumbrosa, unos
cuatro puestos más adelante. "Le cambio el sitio por cinco libras,
señora", dijo alguien. Sentí sonar las monedas y luego un grito
femenino mezclado con carcajadas del resto de la gente. La
engañada saltó de su lugar en busca del que la había timado, pero
los demás inmediatamente apretaron filas y la dejaron fuera... Así
que, por una cosa u otra, la cola adquirió proporciones razonables
mucho antes de la llegada del autobús.
Era un vehículo maravilloso, resplandeciente de luz dorada,
heráldicamente coloreado. El conductor parecía lleno de luz y sólo
utilizaba una mano para conducir. Agitaba la otra delante del
rostro como para apartar el vapor grasoso de la lluvia. Un gruñido
surgió de la fila apenas lo vieron. "Parece que lo pasa bien, ¿eh?
Apuesto que... Querido, ¿por qué no se comporta con naturalidad?
Se cree demasiado importante para mirarnos... ¿Quién se cree que
es?...
Todos esos dorados y esas púrpuras. Un desperdicio. ¿Por qué no
gastarán ese dinero en las propiedades y casas de por aquí? ¡Dios!
Me gustaría darle con todo en el oído." El aspecto del conductor no
me parecía digno en absoluto de tales expresiones, a menos que la
gente reaccionara por su aspecto de autoridad y su aparente
decisión de realizar su trabajo.
Mis compañeros lucharon como gallinas para introducirse en el
autobús, aunque había sitio sobrado para todos. Fui el último en
subir. El bus quedó a medio llenar y opté por sentarme atrás, lejos
de los demás. Pero un joven despeinado se me sentó al lado.
Apenas lo hizo, el bus empezó a moverse.
—Creí que no le molestaría que me siente con usted —dijo—,
porque he notado que experimenta lo mismo que yo con toda esta
gente. No alcanzo a imaginar por qué han insistido en venir. No les
gustará nada cuando lleguemos allí; estarían mucho más cómodos
en casa. Pero no es lo mismo ni para usted ni para mí.
—¿Les gusta este lugar? —le pregunté.
—Tanto como les gusta cualquier cosa —respondió—. Han tenido
cines, pesca, y negocios de papas fritas y propaganda y cuanto
han querido. La asombrosa falta de cualquier tipo de vida
intelectual no les preocupa. Apenas llegué aquí noté que debía
haber un error.
Tenía que tomar el primer autobús, pero me dediqué a tratar de
despertar a la gente; qué tontería. Me encontré con algunas
personas que había conocido antes e intenté organizar un pequeño
círculo, pero todos parecían haberse hundido hasta el nivel de esta
zona.
Incluso antes de llegar aquí tenía mis dudas sobre un hombre
como Cyrill Blellow. Siempre creí que estaba trabajando en una
lengua falsa. Por lo menos era inteligente: era posible escucharle
alguna crítica digna de ser oída, aunque fuera un fracaso en el
aspecto creador. Sin embargo, ahora sólo parece quedarle mera
autocompasión. La última vez que intenté leerle algo de lo mío...
Espere un minuto, me gustaría que usted mismo lo viera.
Advertí, con un estremecimiento, que estaba sacando del bolsillo
un grueso atado de papel escrito. Murmuré algo sobre que no
tenía los anteojos y exclamé:
—¡Vaya! Pero si hemos abandonado la tierra...
Era verdad. A varios cientos de metros bajo nosotros, medio
ocultos por la lluvia y la niebla, podían verse los techos húmedos
de la ciudad, esparcidos sin interrupción hasta donde alcanzaba la
vista.
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