11
No sé si alguna vez vi algo más terrible que la lucha de ese enano
fantasma contra la alegría. Porque casi estaba superado. En algún
lugar, hace años incalculables, debió haber en él algún rasgo de
humor y de razón. Por un momento, mientras ella lo miraba con
tanto amor y tanta gracia, percibió lo absurdo del trágico. Por un
momento comprendió muy bien su risa: también debió saber
alguna vez que no hay gente más absurda que los amantes. Pero
la luz que le llegaba lo alcanzaba contra su voluntad. No era el
encuentro que había previsto. No lo iba a aceptar. Una vez más se
aferró a su tabla de salvación. Y habló el trágico.
—¡Te atreves a burlarte! —rugió—. ¿Y en mi cara? Esta es mi
recompensa. Muy bien. Es una suerte que no te importe mi
destino.
De otro modo sentirías mucho estar enviándome otra vez de
vuelta al infierno. ¿Qué? ¿Crees que estoy allí ahora? Gracias. Creo
que siempre he sido rápido para darme cuenta de dónde no me
quieren.
De dónde "no me necesitan" es la expresión correcta, si no
recuerdo mal.
Desde ese instante el enano no volvió a hablar. Pero la señora
siguió hablándole.
—Querido, nadie te está enviando de regreso. Aquí está toda la
alegría. Todo te pide que te quedes.
Pero el enano se encogía con cada palabra suya.
—Sí —dijo el trágico—. Lo mismo le ofrecerías a un perro.
Sucede que aún me queda algo de autoestima y me doy cuenta de
que el hecho de que me vaya no te afectará en lo más mínimo. No
te importa nada que vuelva al frío y a esas calles tristes, solitarias,
solitarias...
—No, no, Frank —dijo la señora—. No lo dejes hablar así.
Pero el enano estaba ahora tan pequeño que ella debió arrodillarse
para hablarle. El trágico cogió esas palabras con la misma codicia
que un perro coge un hueso.
—¡Ah, no puedes soportar oír eso! —gritó, en tono de triunfo,
miserable—. Ese fue siempre el modo. Tenías que ser acogida. Las
cosas tristes había que mantenerlas lejos de ti. ¡Y crees que vas a
ser feliz sin mí, olvidándome! Ni siquiera deseas escuchar algo de
mis sufrimientos. Dijiste que no. Que no te lo dijeran. Que no te
hicieran sufrir. Que no interrumpan tu acolchado cielo. Y ésta es la
recompensa...
Se inclinó aún más para hablarle al enano, que ya no era más alto
que un gatito y se mantenía aferrado a la cadena con las manos
en el aire.
—Eso no es lo que dije, no —respondió—. Quería decir que dejaras
de actuar. No sirve de nada. Eso te está matando. Deja esa
cadena. Incluso ahora.
—Actuar —aulló el trágico—. ¿Qué quieres decir?
El enano era ahora tan pequeño que no lo alcanzaba a distinguir
de los eslabones de los cuales colgaba. Y por primera vez no estoy
seguro de si la señora se dirigía ahora al enano o al trágico.
—Rápido —decía—, todavía hay tiempo. Deja eso. Déjalo de
inmediato.
—¿Dejar qué?
—Deja de usar la piedad, la piedad de los demás,
equivocadamente. Todos lo hemos hecho alguna vez en la tierra,
lo sabes. La piedad es para estimular la alegría para que ayude,
consuele, al dolor. Pero se la puede utilizar en sentido contrario.
Se la puede utilizar para una especie de chantaje. Los que optan
por el dolor pueden retener de rehén a la alegría, a cambio de
piedad. Ya ves que sé lo que digo. Lo hacías hasta cuando niño. En
lugar de pedir disculpas, te ibas a la azotea y te escondías a sufrir
solo...
porque sabías que tarde o temprano alguna de tus hermanas iría
allí a decirte "no soporto que estés aquí solo, llorando". Usabas la
piedad para chantajearlas, y ellas, al fin, se rendían. Y más
adelante, cuando nos casamos... oh, pero no importa, si sólo
pudieras dejar de...
—Y eso —dijo el trágico—, eso es todo lo que has logrado aprender
de mí en todos esos años.
No sé qué había sido del enano. Quizás se había subido a la
cadena como un insecto, quizás la cadena lo había absorbido.
—No, Frank, aquí no —dijo la señora—. Escucha a la razón.
¿Crees que la alegría fue creada para vivir siempre bajo esa
amenaza? ¿Siempre indefensa contra los que prefieren sufrir antes
que ver contrariada su voluntad? Porque fue un verdadero dolor.
Ahora lo sé. Verdaderamente te destrozaste. Y todavía lo puedes
hacer. Pero ya no puedes comunicar tus propios destrozos
interiores.
Todo empieza a ser cada vez más lo que es y nada más que lo que
es.
Aquí hay alegría que no puede ser quebrantada. Nuestra luz se
puede tragar tu oscuridad; pero tu oscuridad no puede afectar
nuestra luz.
No, no, no. Ven con nosotros. No iremos a ti. ¿De verdad has
creído que el amor y la alegría podrían estar siempre a la merced
del mal talante y de los suspiros? ¿No sabes que son más
poderosos que sus contrarios?
—¿El amor? ¿Cómo te atreves a usar esa palabra sagrada? —dijo
el trágico.
En ese momento recogió la cadena, que por unos instantes
colgaba inútil a su lado, y de algún modo se las arregló con ella.
No estoy muy seguro, pero me parece que se la tragó. Entonces,
por primera vez, fue claro que la señora lo vio y se dirigió
exclusivamente a él.
—¿Dónde está Frank? —dijo—. ¿Y quién es usted, señor?
Nunca lo conocí. Quizás sea mejor que se marche. O que se
quede, si así lo prefiere. Si le sirviera de ayuda y si fuera posible
bajaría con usted al infierno; pero usted no puede traerme el
infierno a mí.
—Tú no me amas —agregó el trágico, con una voz de murciélago.
Ahora era muy difícil verlo.
—No puedo amar una mentira —dijo la señora—. No puedo amar a
la cosa que no es. Estoy en el amor y no saldré de él.
No hubo respuesta. El trágico se había desvanecido en el aire. La
señora estaba sola en ese lugar boscoso y un pájaro marrón pasó
caminando a su lado, doblando con sus pies ligeros las hierbas que
yo no podía doblar.
La señora se irguió y empezó a retirarse. Los otros espíritus
brillantes se adelantaron a recibirla, cantando mientras
avanzaban:
La Feliz Trinidad es su hogar; nada puede turbar su alegría.
Es el pájaro que elude toda trampa, el ciervo salvaje que salta
toda grieta. Como la gallina que cuida sus polluelos o como el
escudo al brazo del caballero: así es el Señor para su mente, en
Su inalterable lucidez.
No hay fantasmas que la atemoricen en la oscuridad; las balas no
la asustan durante el día.
Las falsedades disfrazadas de verdad la asaltan en vano: ve a
través de la mentira como si ésta fuera de vidrio.
El germen invisible no podrá dañarla: ni tampoco la violencia
radiante del sol. Mil no bastan para resolver el problema, diez mil
escogen el camino equivocado: pero ella lo supera fácilmente.
Destaca dioses inmortales para que la atiendan: en cada ruta que
deba recorrer.
Le llevan puentes a los lugares difíciles: no se dañará los pies en la
oscuridad.
Puede que camine entre leones y serpientes; entre dinosaurios y
crías de leonas.
El la llena con la inmensidad de la vida: él la guía a ver el deseo
del mundo.
—Y sin embargo... y sin embargo —le dije a mi maestro cuando
todas las formas y los cantos se habían adentrado bastante en la
selva—, todavía no estoy muy seguro. ¿Verdaderamente se puede
tolerar que ella deba permanecer intocada por el dolor de él,
aunque se trate de un dolor autoinfligido?
—¿Preferirías que él tuviera el poder, aún, de atormentarla? Lo
hizo durante días, durante años, en su vida terrenal.
—Bueno, no. Supongo que no deseo eso.
—¿Y qué entonces?
—No lo sé, señor. Lo que algunos dicen en la tierra es que la
pérdida final de una sola alma contradice la alegría de todos los
que se han salvado.
—Has visto que no es así.
—Pero siento que, en cierto sentido, debería ser así.
—Parece muy misericordioso; pero observa lo que surge tras ello.
—¿Qué?
—La exigencia del exento de amor, del aprisionado en sí mismo:
que se les debe permitir chantajear al universo, que hasta que no
consientan en ser felices (en sus propios términos) nadie podrá
gustar de la alegría, que tendrán la última palabra, que el infierno
pueda vetar al cielo.
—No sé lo que quiero, señor.
—Hijo, hijo, tiene que ser de un modo o del otro. O bien vendrá el
día en que prevalezca la alegría y ningún hacedor de dolores será
ya capaz de contaminarla o bien para siempre serán los hacedores
de dolor quienes puedan destruir la felicidad que rechazan para sí
mismos. Sé que suena muy bien el decir que uno no aceptará
ninguna salvación que deje en el lado oscuro a una sola creatura.
Pero cuídate de los sofismas, o terminarás como un perro en la
mansión del gran hambriento, del tirano del universo.
—¿Pero debe uno decir —resulta horrible decirlo— que la piedad
debe morir?
—Debes distinguir. La acción de la piedad vivirá para siempre;
pero no la pasión de la piedad. La pasión de la piedad, la piedad
que sólo sufrimos, el dolor que lleva a que los hombres concedan
lo que no deben conceder y a que adulen o halaguen cuando
deben manifestar la verdad, la piedad que ha engañado a tantas
mujeres que perdieron la virginidad, que ha privado a tanto
estadista de su honradez..., eso debe morir. La utilizan hombres
malos contra los buenos: esa arma será quebrada.
—¿Y cuál es la otra clase... la acción?
—Es un arma del otro lado. Se lanza más veloz que la luz desde lo
más alto hasta lo más bajo para curar y llevar la alegría,
cualquiera sea el costo. Cambia la oscuridad en luz y el mal en
bien. Pero no podrá imponer, a pesar de las astutas lágrimas
infernales, sobre el bien la tiranía del mal. Toda enfermedad que
se somete a la cura será curada; pero no llamaremos azul a lo
amarillo para agradar a los que siguen con hepatitis, ni
convertiremos en basural el jardín del mundo para complacer a los
que no soportan el aroma de las rosas.
—Dices que bajará hasta lo más bajo, señor. Pero ella no
descendió con él a los infiernos. Ni siquiera lo acompañó hasta el
autobús.
—¿Y dónde la habría llevado él?
—Por cierto, al lugar desde donde vinimos en ese bus. Hasta esa
gran explanada, más allá del acantilado. Por allá. Desde aquí no la
puedes ver, pero estoy seguro de que la conoces.
Mi maestro sonrió de manera enigmática.
—Mira —me dijo, y con esas palabras se puso de rodillas. Hice lo
mismo (¡y cómo me dolieron las rodillas!) y vi que había cogido
una hoja de hierba. Utilizó la fina punta como puntero y me hizo
ver, después que miré con suma atención, una grieta en el suelo,
tan pequeña que no la habría identificado sin su ayuda—. No estoy
seguro de que ésta sea la grieta por la cual llegaste. Pero llegaste,
sin duda, por una grieta no mayor que ésta.
—Pero, pero —tartamudeé, con una sensación de desconcierto no
muy distante del terror—. Pero si vi un abismo infinito. Y
acantilados enormes. Y después este país en la cima de los
acantilados.
—Sí. Pero el viaje no fue mera locomoción. Ese autobús, y todos lo
que estaban dentro, iban aumentando de tamaño.
—¿Me está diciendo que el infierno, toda esa ciudad infinita y
vacía, está allá abajo en una pequeña grieta como ésta?
—Sí. Todo el infierno es más pequeño que una piedrecilla de tu
mundo terrestre. Pero es más pequeño que un átomo de este
mundo, el mundo real. Mira esa mariposa. Si se tragara todo el
infierno, el infierno no sería lo bastante grande para hacerle el
menor daño, ni siquiera para que alcanzara a degustarlo.
—Parece bastante grande cuando se está adentro, señor.
—Y sin embargo todas las soledades, iras, odios, envidias y
rabietas que contiene, si se agruparan en una experiencia única y
se compararan con el menor momento de alegría que siente el
menor de los que están en el cielo, no tendrían peso registrable. El
mal no puede tener éxito en ser malo como el bien es bueno. Si
todos los dolores del infierno entraran juntos en la conciencia de
ese pájaro amarillo que está en la rama de ese árbol, serían
tragados y no dejarían huella alguna, tal como una gota de tinta
que cayera en ese gran océano del cual tu océano Pacífico de la
tierra no alcanza el tamaño de una de sus moléculas.
—Ya veo —dije por fin—. Ella no cabría en el infierno.
Asintió.
—Allí no hay sitio suficiente para ella. El infierno no podría abrir
una puerta tan ancha para que pasara.
—¿Y ella no podría empequeñecerse, como Alicia?
—No hay nada tan pequeño. Un alma condenada es casi nada; se
ha hundido, cerrado en sí misma. El bien golpea incesantemente a
los condenados como el sonido de las olas golpea los oídos de un
sordo, pero no pueden recibirlo. Tienen los puños apretados,
rechinan sus dientes, los ojos están cerrados. Primero no querrán,
por fin no podrán ni abrir las manos para recibir un regalo, ni la
boca para recibir alimento, ni los ojos para ver.
—¿Así que nadie los puede alcanzar nunca?
—Sólo el Mayor de todos puede hacerse lo bastante pequeño para
ingresar al infierno. Porque mientras más alta es una cosa, más
bajo puede descender. Un hombre puede simpatizar con un
caballo, pero el caballo no con una rata. Sólo Uno ha descendido a
los infiernos.
—¿Y lo volverá a hacer alguna vez?
—No hace tanto que lo hizo. El tiempo no funciona de ese modo
cuando has dejado la tierra. Todos los momentos que han sido o
serán, o son, están presentes en el momento de su descenso. No
hay espíritu en prisión a quien no hable.
—¿Y algunos lo escuchan?
—Sí.
—En tus propios libros, señor, eras universalista. Decías que todos
los hombres se salvarían. San Pablo lo dice también.
—No puedes saber nada del fin de todas las cosas, o nada
expresable en esos términos. Puede ser, como el señor dijo a Lady
Julián, que todos estén bien, y todos estarán bien, y todo tipo de
cosas estará bien. Pero es una tontería hablar de estos asuntos.
—¿Porque son tan terribles, señor?
—No. Porque todas las respuestas engañan. Si planteas la
pregunta desde dentro del tiempo y preguntas por posibilidades, la
respuesta es certera. La elección de los caminos está ante ti.
Ninguno está cerrado. Todo hombre puede escoger la muerte
eterna. Los que la escojan la tendrán. Pero si tratamos de saltar a
la eternidad, si intentas ver el final de todas las cosas tal como
será (por decirlo así), cuando ya no hay más posibilidad a
excepción de lo real, entonces estás preguntando lo que no puede
responderse a oídos mortales. El tiempo son los lentes mismos a
través de los cuales ves —pequeños y claros, pues los hombres
miran por el lado equivocado del telescopio— algo que de otro
modo sería demasiado grande para ser visto. Eso es la libertad: el
don por el cual más te pareces a tu Hacedor y te haces parte de la
realidad eterna. Pero sólo puedes verla a través de los lentes del
tiempo, en un cuadro pequeño y claro, porque el telescopio está
invertido. Es un cuadro de instantes que se persiguen uno al otro y
de ti mismo optando de un modo que podría ser distinto. Ni la
sucesión temporal ni el fantasma de lo que puedas escoger y no
escoges es, en sí mismo, la libertad. Son lentes. El cuadro es un
símbolo: pero es más verdad que un teorema filosófico (y, quizás,
más cierto que una visión mística) que pretenda ser su
consecuencia. Porque cualquier intento de ver la forma de la
eternidad, a menos que se efectúe a través de los lentes del
tiempo, destruye tu conocimiento de la libertad. Observa la
doctrina de la predestinación, que muestra (y es verdad) que la
realidad eterna no está a la espera de un futuro para ser real; pero
al precio de suprimir la libertad, que es la verdad más profunda de
las dos. ¿Y acaso el universalismo no hace lo mismo? No puedes
conocer la eternidad mediante una definición. El tiempo mismo, y
todos los actos y sucesos que llenan el tiempo, son la definición, y
se los debe vivir.
El Señor dijo que éramos dioses. ¿Cuánto tiempo podrías soportar
la contemplación (sin los lentes del tiempo) de la grandeza de tu
propia alma y la realidad eterna de su opción?
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