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Y todo cambió de súbito. Vi una gran asamblea de formas
gigantescas, todas inmóviles, todas en el más profundo de los
silencios, de pie, para siempre, junto a una pequeña mesa de
plata, mirándola. Sobre la mesa había unas figurillas, como de
piezas de ajedrez, que avanzaban y retrocedían haciendo esto y
aquello. Y supe que cada una de las piezas era el idolum, el
representante en pequeño de alguna de las grandes presencias. Y
los actos y movimientos de cada pieza eran un retrato móvil, una
mímica o pantomima, que delineaba la naturaleza interior de su
maestro gigante. Y estas piezas eran hombres y mujeres como se
ven a sí mismos y como se ven unos a otros en este mundo. Y la
mesa de plata es el Tiempo. Y los que están de pie junto a la mesa
son las almas inmortales de esos mismos hombres y mujeres. El
vértigo y el terror se apoderaron de mí. Me apreté contra mi
maestro y le dije:
—¿Esta es la verdad? ¿Es falso entonces todo lo que he estado
viendo en este país? ¿Esas conversaciones entre espíritus y
fantasmas eran sólo la mímica de opciones que realmente estaban
hechas desde hacía mucho?
—¿O no podrías decir también que son una anticipación de una
opción que se hará al final de los tiempos? Pero es mejor que no
digas nada. Estás viendo las opciones con mayor claridad que la
que podrías conseguir en la tierra: los lentes están más claros.
Pero sigues viendo a través de los lentes. No pidas a una visión de
sueño que te dé más de lo que una visión de sueño puede dar.
—¿Un sueño? Entonces..., entonces..., ¿no estoy aquí, señor?
—No, hijo —me contestó bondadosamente, tomándome las
manos—. No es tan bueno como eso. El trago amargo de la
muerte aún está ante ti. Sólo estás soñando. Y si llegas a contar lo
que has visto, deja en claro que no es más que un sueño. Trata de
dejarlo muy en claro. No vayas a darle a ningún tonto pretextos
para creer que estás pretendiendo conocer lo que ningún mortal
conoce. No quiero tener ningún Swedenborg ni ningún Vale Owens
entre mis hijos.
—Que Dios no lo quiera, señor —le dije, tratando de parecer muy
sabio.
—El lo ha prohibido. Eso es lo que te estoy diciendo.
Mientras hablaba, parecía más escocés que nunca. Le miraba
atentamente a la cara. La visión de las piezas de ajedrez se había
borrado, y una vez más estaban en torno nuestro los silenciosos
bosques en la fría luz anterior al alba. Entonces, todavía mirándole
el rostro, vi algo que me hizo estremecer entero. Daba la espalda
al este en ese momento, y a las montañas; él, de frente, las
miraba. El rostro se le encendió con una luz nueva. Un helécho, a
unos treinta metros detrás de él, se volvió dorado. El costado este
de cada árbol empezó a brillar. Se alargaron las sombras y se
ahondaron. Todo el tiempo había habido trinos de pájaros, cantos;
pero ahora, de súbito, un coro completo surgió del follaje;
cantaban los gallos, había música de trompas y trompetas; por
sobre ello, diez mil lenguas de hombres y de ángeles del bosque, y
la misma madera, cantaban. "¡Viene!
¡Viene!" cantaban. "¡Despertad, los dormidos! ¡Viene, viene,
viene!" Me atreví a mirar, temeroso, por sobre el hombro y alcancé
a ver (¿o no alcancé?) el borde mismo del sol que amanecía y
mataba al tiempo con flechas doradas y forzaba la huida de todas
las formas fantasmales. Gritando, hundí la cara en los pliegues de
la túnica de mi maestro. "¡La mañana! ¡La mañana!", grité, "me
alcanza la mañana y soy un fantasma". Pero fue demasiado tarde.
La luz, como bloques sólidos, insoportable de aristas y de peso,
cayó tronando sobre mi cabeza. Un momento después los pliegues
de la vestidura de mi maestro sólo eran los del viejo mantel
manchado de tinta de mi escritorio que había tirado al piso al
caerme de la silla. Los bloques de luz sólo eran los libros que
arrastré conmigo y me cayeron en la cabeza. Desperté en una
habitación fría, de bruces en el piso, junto a un arcón negro y
vacío; el reloj daba las tres y aullaba una sirena.
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