La Visita
Leopoldo Lugones
I
Dicen que don Pepe Robles
anda queriendo vender
una novillada gorda
del quinto de su mujer.
Así supo la noticia
dada conforme las dan,
en el real de unos troperos
don Sinforoso Galván.
Había ido allá por el cobro
de la aguada y el pastaje,
porque dentro de su campo
viene a quedar el paraje.
Y hombre diligente, cuida
por mano propia la estancia,
aunque nada cicatero
ni avariento en la ganancia.
De modo que al otro día
con la fresca y en buen flete,
salió para lo de Robles
muy decidido y paquete.
Chapeado, arreador y espuelas
son de plata potosina.
De merino la bombacha,
de vicuña la chalina.
Chaqueta con alamares,
faja de seda morada,
chambergo que echa el barbijo
bajo la barba peinada.
A la mano, en la gurupa,
va cebada la pistola,
y a la falda del rcado
la daga que corta sola.
El ruano es galopador,
y no bien toma la senda,
seguro es que el día entero
va sobrándose en la rienda.
Aunque son seis leguas largas,
las hará, pues, de un tirón,
mientras madura el negocio
con pausada reflexión.
La hacienda aquella es serrana,
pero él no ignora su clase,
porque del pago es nativo,
mas que en el llano poblase.
Y casualmente reserva
dos potreros en un bajo.
Donde acabó con el nío
que le dio mucho trabajo.
¡Malhaya con la ponzoña
y el arraigo de aquel yuyo!
Si logra comprar barato,
fleta una tropa hasta Cuyo.
Pero ¿por qué habrá dispuesto
Clara Gómez de su quinto,
si nunca con el consorte
pensó de modo distinto?...
Ha de ser para cubrirle
alguna deuda de juego
a su hijo único, Pepito,
pues le tiene grande apego.
El mozo es calaverón
y en unas timbas lo han visto
buscando las ocasiones
de clavarse como un cristo.
Ahora recuerdo que entonces
se enteró en una pandorga,
que es público que don Pepe
ya su firma no le otorga.
Parece que por vicioso
perdió el crédito paterno.
Pero el corazón de madre
no se cansa de ser tierno.
Siempre la Clarita Gómez
desde muchacha fue así.
Él también le arrastró el ala,
mas nunca pasó de allí.
Pues entre sus pretendientes
el Robles salió más lince,
y cata ahí que la doncella,
se casó al cumplir los quince.
Al hacer estas memorias
ahora que se encuentra viudo,
acaso en otro codicia
lo que aventajarle pudo.
Aunque las mellizas que a él
la finada le dejó,
son el premio merecido
que su desvelo alcanzó.
Porque si el bien de los hijos
de todo costo resarce,
puede sostener que en yunta
tiene dos perlas de engarce.
Como el tiempo pasa pronto
y empiezan ya a oír lisonjas,
ese invierno va a llevarlas
al colegio de las monjas.
Gracias que no lo ha privado
la suerte con su desdén,
de darles como es debido
la educación y el sostén.
En ese punto el jinete
sujeta un momento al ruano
para que alivie el galope
saliendo con la otra mano.
No lejos de allá deslinda
el campo de Santa Clara
con su quebrachal tupido
que a tiempo del sol repara.
No será él quien a lo gringo
por gusto el caballo sobe.
Desde el próximo repecho
verá el caserón de adobe.
Contento va a divisarlo
al pie de aquel cerro verde,
porque quien nació serrano
jamás la querencia pierde.
Remoto alegra los montes
el grito de la charata.
En el aire adelgazado
revive un dejo de horchata.
El hombre empina el chambergo,
y en su arrogancia morena,
una noble simpatía
mirada y frente serena.
II
Ya el sol bañando esa estancia
de Santa Clara, ha tendido
un listón de poncho bayo
que cruza el patio barrido.
Allá espera Robles, solo,
frente al caserón desierto,
la llegada del jinete
que ha atisbado con acierto.
Lleva mi don Pepe un gacho
y un termo de obra casera.
Se ve relumbrar el mate
entre la mano y la pera.
Contra sus botas el perro
sacudiendo el rabo estorba.
Tiene la pinta entrecana,
ojos verdes, nariz corva.
En los cercanos poleos
retoza un vientito blando.
Por el callejón de entrada
ya viene Galván llegando.
De lejos lo ha conocido,
aunque de nuevas se hará:
-Amigo don Sinforoso,
¡tanto bueno por acá!
Acude el mozo de mano,
ladra el perro haciendo fiesta,
pues sabido es que no ofenden
a la persona bien puesta.
El jinete, al desmontarse,
echa una ojeada al contorno.
Todo está igual: la ramada,
el pozo, el tala y el horno.
Pero nada manifiesta,
porque, ya sea malo o bueno,
el hombre formal no alaba
ni curiosea lo ajeno.
Y pronto en el corredor
con circunspecta confianza,
se ofrecen ambos amigos
los cumplimientos de usanza.
-Clara está siempre animosa
como usted sabe. El muchacho
salió ayer por la contrata
de unos postes de quebracho.
-¿Y sus niñas? -¿Las criaturas?
Ahí van. Creciendo, sí, pues.
-La rubia era Merceditas…
-No, señor, esa es la Inés…
Una chinita pecosa
les lleva de adentro el mate.
La dan por hija de Robles
aun cuando este lo recate.
Y dicen que doña Clara
la consiente a su servicio,
tan sólo por evitarle
que vaya y se entregue al vicio.
A ratos se oye sonar
el almirez atareado
en que majan los olores
de un adobo o de un recado.
La sombra azul de una nube
cruza empavonando el cerro,
y aclara en los pastizales
una frescura de berro.
Y como hasta mediodía
el tirón es largo, a fe,
allá mismo un churrasquito
les sirven por tentempié.
El cortés dueño de casa
tiene una buena ginebra
con la que sus relaciones
de más estima celebra.
Bienvenido el medio frasco
que emparejó la patrona
con un porrón de anisete
que ella fabrica en persona.
Galván lleva buen tabaco
de una melguita barbecha
donde el mejor colorado
para su gusto cosecha.
Mas, por no ostentar en propio,
los menesteres iguala:
“El llano para el tabaco,
la sierra para la chala.”
Robles saca de la suya
planchada como una seda.
Lentas cierne las palabras
la sentenciosa humareda.
Y es tan profundo el sosiego,
que con seguro alborozo,
rompe a cantar la calandria
sobre el cabezal del pozo.
Entre razón que va y viene,
corre toda la mañana.
Por el pilar esquinero
se asoma la resolana.
La señora que hasta entonces
ha esquivado su presencia,
manda decir que si gustan
pasen a hacer penitencia.
Van a enjuagarse las manos
y asentarse un poco el pelo.
Cuelga la toalla de randas
hasta rozar con el suelo.
III
Más bruñida, como dicen,
que una muñeca de loza,
doña Clara está hecha un ampo
de compuesta y buena moza.
En la pieza oscurecida
reina un frescor de jardín.
La mesa allá puesta halaga
con apronte de festín.
La media luz acrisola
los tejos de oro del caldo.
Toma asiento el buen amigo
en el sillón de respaldo.
Mientras pide a la señora,
que a su derecha lo invita,
disculpa de que haga tanto
que no les paga visita.
-Más vale tarde que nunca…
Sonríe ella, muy oronda,
con sus ojos siempre lindos
y su larga trenza blonda.
Y avivándole una gracia
juvenil cuando conversa,
luce en la boca pulida
la dentadura tan tersa.
Mas, ¡qué comilona, amigo!
¡Qué estofado y qué pasteles!
El servicio es a la antigua,
con dos mudas de manteles.
La del postre está olorosa
porque recién se la saca
del armario que perfuman
con manojitos de albahaca.
Salió, pues, largo el almuerzo,
y el priorato fue copioso.
Hasta cerca de las cinco
la siesta exigió reposo.
Cuando quieren levantarse,
ya otra vez en el brasero
está zumbando la pava
del agasajo campero.
Después de matear un rato
a la sombra de la casa,
habla de ensillar el huésped
porque ya el bochorno pasa.
Pero el otro le argumenta
con amistoso reproche,
que cuándo y que anda de
[chasque
para marchar con la noche.
Aunque el ruano sea de aquellos
que no precisan un chirlo,
si no va a volver de apuro,
no tiene por qué exigirlo.
Y a menos que alguna falta
de atención se les enrostre,
dónde se ha visto convite
acabado antes del postre.
A tanta amabilidad
que bien por mejor se emplea,
decide Galván quedarse
como tal vez lo desea.
La tarde serena al mundo
con una caricia mansa.
Ya la peonada que ha vuelto
de su trabajo, descansa.
En el corral el balido
de la majada porfía,
y se oye una risa clara
de moza en la ranchería.
Es la hora de la merienda,
y hasta la cena hacen boca
con un buñuelo y un trago
que el apetito provoca.
Así que el lucero salta
en el cielo solitario,
la señora, como es de orden,
llama a rezar el rosario.
Patrones y jornaleros
van a rogar por la chacra,
pues el ganar se ha apestado
y el choclo sale con lacra.
Mientras el rezo concluyen,
asoma la luna llena
sobre los campos tranquilos
con suavidad de azucena.
Parece que más piadosa,
disipa todos los males,
y que en su blancor la Virgen
sale a tender los pañales.
IV
Después que la cena toman,
sacan por junto las sillas
al patio claro y fragante
de alelíes y maravillas.
La dueña de casa, entonces,
acusándose de intrusa,
manda a traerle al forastero
la guitarra, aunque él se excusa.
Asegurando a la dama
que desde su mocedad
no ha vuelto a pulsar las cuerdas
sino por casualidad.
Pero quién habrá olvidado
que en los mejores bureos,
nadie como él se floreaba
con punteados y rasgueos.
No le aceptan, pues, disculpas;
y pronto, en la dulce calma,
el instrumento concierta
dichas y penas del alma.
Cada cuerda corresponde
con la expresión de su canto;
la prima para la risa,
la segunda para el llanto.
La tercera para el triunfo,
la cuarta para la suerte,
la quinta para el amor,
la sexta para la muerte.
Y el cantor las seis dedica
según tiempos y lugares,
la prima a los regocijos,
la segunda a los pesares.
La tercera a pialar mozas,
la cuarta a sonsacar viejas,
la quinta a desfogar celos
y la sexta a aventajar quejas.
Acordándose de aquellos
tiempos de sencillos goces,
propone luego a la dama
cantar un triste a dos voces.
Tono le da por el temple
que llaman de Santos Vega.
Orillando la ramada,
la gente a escuchar se allega.
Pasan que pasan las horas,
y en su olvidado desliz,
sobre campo y corazones
reina la luna feliz.
V
Al otro día, temprano,
Galván pide al capataz
que le arrimen el caballo
porque el sol va a ser voraz.
Ensillado se lo traen,
y tan garifo que sombra,
junto con el de don Pepe
que atan del tala en la sombra.
Pero antes que el buen potrero
del acomodo celebre,
con el perdón de ustedes nota
que había comido a pesebre.
Así lo agradece a Robles
que, calmoso, el mate chupa,
mientras de arreglar acaba
su pistola en la gurupa.
Llega en eso la chinita
trayendo el último anís
que por ser el del estribo
Galván despacha en un tris.
Y como dándose tiempo
de asentar los cojinillos:
-Me habían dicho, amigo Robles,
que tenía unos novillos…
A esas palabras don Pepe,
como es de la misma laya,
regatea con desgano:
-Puede ser que algunos haya.
-¿Y costará mucho verlos?
El otro, sin contestar,
afirma, entregando el mate:
-Yo lo voy a acompañar.
Ya, terciando al hombro izquierdo
la chalina de vicuña,
sobre la cruz del caballo
riendas y cabestro empuña.
Montan juntos, y sin prisa
toman el camino al trote.
Es allá cerca, no más,
trasmontando aquel mogote.
Así podrá revisarlos
antes que asiente el calor.
La hacienda estaba rodeada
desde la tarde anterior.
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