martes, 21 de junio de 2011

El Gran Divorcio. Capítulo 7

7


Me senté, inmóvil, en una piedra junto a la ribera. Me sentía tan
mal como nunca en la vida. Hasta ese momento no se me había
ocurrido dudar de las intenciones de la gente sólida ni tampoco
poner en duda la bondad esencial del país, aunque fuera uno en
que no pudiera habitar yo mismo. En cierto momento, en realidad,
se me había ocurrido que si esa gente sólida era tan benevolente
como lo había oído proclamar a un par de ellos, podrían haber
hecho algo para ayudar a los habitantes de la ciudad, algo más
que sólo reunirse con ellos en esta pradera. Entonces pensé en
una explicación terrible.
¿Y si jamás nos hubieran deseado el bien? ¿Y si este viaje se
hubiera permitido a los fantasmas sólo para hacerlos objeto de
burla? Mitos y doctrinas horribles se me acumularon en la
memoria. Recordé cómo habían castigado los dioses a Tántalo.
Recordé el lugar del libro de la Revelación donde dice que el humo
del infierno asciende siempre a la vista de los espíritus benditos.
Recordé cómo el pobre Cowper, que soñaba que finalmente no
estaba condenado a la perdición, supo en seguida que el sueño era
falso y dijo "éstas son las flechas más agudas de Su aljaba". Era
claramente verdadero lo que el fantasma escuálido había dicho
sobre la lluvia. Hasta una gota de rocío bastaría para hacerme
pedazos. No lo había pensado antes. ¡Y con qué facilidad podría
haberme aventurado entre la espuma de la cascada!
La sensación de peligro, que nunca me abandonaba por completo
desde que dejé el autobús, adquirió súbita urgencia.
Observé los árboles, las flores, la catarata hablante: empezaban a
parecerme insoportablemente siniestras. Insectos brillantes
volaban de un lado a otro. Si alguno me golpeaba la cara, ¿acaso
no iba a atravesarme? Si se posaban en mi cabeza, ¿no me
aplastarían contra la tierra? El terror me murmuraba: "éste no es
lugar para ti". Recordé también los leones.
No tenía ningún proyecto claro. Me levanté y empecé a alejarme
del río en dirección hacia donde los árboles parecían estar más
cerca unos de otros. No me había decidido a regresar al autobús,
pero quería evitar los espacios abiertos. Si sólo pudiera hallar la
huella de una prueba de que verdaderamente era posible que un
fantasma se quedara —de que la opción no fuera una comedia
cruel—, no regresaría entonces. Mientras no fuera así, continuaría;
pero sin dejar de observarlo todo con la mayor atención. Al cabo
de aproximadamente media hora llegué a un claro con algunos
arbustos en su centro. Me detuve, inseguro de si debía cruzarlo.
Entonces advertí que no estaba solo.
Un fantasma avanzaba por el claro tan rápido como se lo permitía
ese territorio nada fácil. Miraba de soslayo como si lo persiguieran.
Noté que había sido una mujer. Una mujer elegante, pensé,
aunque las sombras de su atuendo lucían algo lúgubres a la luz de
la mañana. Se encaminaba hacia los arbustos. No consiguió
adentrarse en ellos —las ramas y hojas eran demasiado duras—,
pero se apretó contra ellos cuanto pudo. Parecía creer que se
estaba ocultando.
Poco después escuché el sonido de unos pies ligeros y surgió a la
vista una de las personas brillantes. Uno siempre notaba esos
sonidos, porque los fantasmas no hacían ruido alguno al marchar.
—¡Vete! —aulló la fantasma—. ¡Vete! ¿No ves que quiero estar
sola?
—Pero necesitas ayuda —dijo el sólido.
—Si tienes algún rasgo de decencia, vete —reiteró la fantasma— ,
márchate. No quiero ayuda. Quiero que me dejen sola. Así que
márchate. Sabes que no puedo andar rápido, sabes que estas
horribles espinas no me dejan alejarme. Es verdaderamente
abominable que te aproveches de esto.
—¡Oh, eso! —dijo el espíritu—. Eso se arreglará muy pronto.
Pero vas en la dirección equivocada. Es hacia allá, hacia las
montañas, donde necesitas ir. Te puedes apoyar en mí todo el
camino. Yo no puedo llevarte, de ningún modo; pero no te hará
falta demasiado: te molestará menos con cada paso que des.
—No tengo miedo del dolor. Ya lo sabes.
—¿Entonces qué te importa?
—¿No puedes entender nada? ¿De verdad crees que voy a ir así
con toda esa gente?
—¿Y por qué no?
—Nunca habría venido si hubiera sabido que todos ustedes iban a
estar vestidos así.
—Amiga, no estoy vestido en absoluto.
—No me refería a eso. Vete de una vez.
—¿Pero nunca me vas a decir por qué?
—Si no puedes comprender, para qué te voy a explicar nada.
¿Cómo voy a ir así entre tanta gente con cuerpos realmente
sólidos?
Esto es mucho peor que salir en la tierra sin nada encima. ¿Acaso
no me atraviesan todos con la mirada?
—Oh, ya veo. Pero todos éramos un poco fantasmales cuando
llegamos. Eso se acaba. Ven y trata de ver.
—Pero ellos me verán.
—¿Y qué importa?
—Prefiero morir.
—Pero si ya has muerto. No tiene sentido tratar de volver a eso.
La fantasma emitió un sonido entre gemido y gruñido.
—Ojalá no hubiera nacido —dijo—. ¿Para qué nacimos?
—Para una felicidad infinita —contestó el espíritu—. Y puedes
alcanzarla ahora, en cualquier momento...
—Pero, te lo dije, me van a ver.
—Y después de una hora ya no te va a importar. Un día más tarde
te reirás de todo esto. ¿No recuerdas que en la tierra había cosas
demasiado calientes para tocarlas con los dedos, pero que se podía
beber sin problemas? La vergüenza es como eso. Si la aceptas, si
te bebes la copa de un trago, la hallarás muy nutritiva. Pero te
quemará si tratas de hacer cualquier otra cosa con ella.
—¿De verdad lo crees? —dijo la fantasma y se interrumpió.
Casi no podía tolerar el suspenso. Me parecía que mi propio
destino dependía de su respuesta. Podría haberme arrojado de
rodillas y haberle rogado que cediera.
—Sí —respondió el espíritu—. Ven e inténtalo. Creí que la
fantasma iba a obedecer. Se movió. Pero exclamó, de súbito:
—No, no puedo. Te dije que no puedo. Un momento, mientras
hablabas, casi creí que..., pero llegado el caso... No tienes derecho
a pedirme algo como eso. Es desagradable. Nunca me lo
perdonaría.
Nunca, nunca. Y no es justo. Nos tendrían que haber avisado.
Nunca habría venido entonces. Y ahora, por favor, ¡vete!
—Amiga —dijo el espíritu—, ¿no puedes dejar de pensar un
momento en ti misma?
—Ya te contesté —elijo la fantasma, con frialdad, pero aún llorosa.
—Entonces sólo queda una medida posible —agregó el espíritu y,
cosa que me sorprendió completamente, se llevó un cuerno a la
boca y sopló con fuerza. Me tapé las orejas con las manos. La
tierra parecía temblar. El bosque entero se estremeció y dobló con
el sonido. Creo que después hubo una pausa (aunque no era nada
claro), antes de que se escuchara el galopar de infinidad de
cascos, muy lejos al principio, pero mucho más cerca antes de que
los identificara y muy pronto tan cerca que empecé a buscar un
lugar más seguro. Antes de que lo encontrara, ya tenía el peligro
encima.
Una manada de unicornios venía tronando entre las hierbas. El
más pequeño no medía menos de veintisiete palmos de altura,
todos eran blancos como cisnes menos en el brillo rojo de ojos y
narices y en el índigo resplandeciente de los cuernos. Todavía
puedo recordar el sonido de la hierba húmeda bajo sus cascos, las
ramas que se quebraban a su paso, los bramidos y los relinchos,
cómo levantaban las patas delanteras y bajaban la cabeza
apuntándose los cuernos imitando una batalla. Me pregunté,
recuerdo, para qué batalla verdadera sería ese ensayo. Escuché el
grito de la fantasma; creo que saltó desde los arbustos... quizás
hacia el espíritu, pero no lo sé. No resistí más y huí sin cuidarme,
de momento, de la horrible dureza bajo mis pies; sin atreverme,
tampoco, a hacer la menor pausa. Así que nunca supe cómo
terminó esa entrevista.

No hay comentarios:

Publicar un comentario