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Hubo silencio un momento bajo los cedros. De súbito, pad, pad,
pad, se quebró. Dos leones de patas de terciopelo aparecieron
dando saltos en un claro, mirándose a los ojos. Empezaron a
retozar solemnemente. Sus melenas indicaban que venían de
sumergirse en el río cuyo ruido escuchaba cerca, aunque los
árboles lo ocultaban.
No me gustaban demasiado esos acompañantes, así que me moví
en busca de ese río. Atravesé algunos arbustos floridos y di con él.
Los arbustos llegaban casi hasta la ribera. Era tan liso como el
Támesis y fluía con la velocidad de un torrente de montaña. Las
aguas, de un verde pálido allí donde en ellas los árboles se
reflejaban, eran tan transparentes que alcanzaba a ver las
piedrecillas del fondo. Muy cerca vi que estaba otro de los
personajes brillantes en plena conversación con un fantasma. Era
el gordo de voz culta que me había hablado en el autobús; parecía
llevar polainas.
—Hijo querido, qué gusto de verte —le estaba diciendo al espíritu,
que iba desnudo y era cegadoramente blanco—. El otro día estuve
hablando con tu pobre padre y nos preguntábamos dónde estarías.
—¿No lo trajo? —dijo el otro.
—Bueno, no. Vive muy lejos del autobús y, para serte franco, se
ha puesto un tanto excéntrico últimamente. Un poco difícil.
Perdiendo el control. Nunca estuvo preparado para hacer grandes
esfuerzos, sabes. Si recuerdas bien, solía irse a dormir cada vez
que nos poníamos a conversar en serio. Ah, Dick, nunca olvidaré
esas conversaciones. Espero que hayas cambiado un poco tus
puntos de vista. Te habías cerrado bastante hacia el final de tu
vida. Pero sin duda que otra vez debes haber ampliado tus ideas.
—¿Qué me quiere decir?
—Bueno, ahora es obvio, verdad, que no tenías toda la razón.
¡Pero, querido muchacho, si habías llegado a creer en la existencia
literal de un cielo y un infierno!
—¿Pero no es así?
—Oh, en sentido espiritual, sin duda. Todavía creo, así, en eso.
Sigo buscando el reino, mi querido niño. Pero nada supersticioso ni
mitológico...
—Perdón. ¿Dónde cree que ha estado?
—Ah, ya veo. Me estás diciendo que la ciudad gris con esa
constante esperanza de la mañana (debemos vivir según la
esperanza, ¿verdad?), con su campo para el progreso indefinido,
es, en cierto sentido, el cielo, si sólo tuviéramos ojos para verlo.
Es una hermosa idea.
—No quise decir eso; de ningún modo. ¿Es posible que no sepa
dónde ha estado?
—Ahora que lo dices, creo que nunca le dimos un nombre.
¿Cómo la llamas?
—La llamamos infierno.
—No hace falta ser agresivo, muchacho. Puede que no sea muy
ortodoxo, en el sentido que das a la palabra, pero me parece que,
verdaderamente, estos asuntos se deben exponer con sencillez,
seriedad y reverencia.
—¿Hablar reverentemente del infierno? Dije exactamente lo que
dije. Usted ha estado en el infierno. Aunque, si no desea regresar,
lo puede llamar purgatorio.
—Continúa, querido muchacho, continúa. Esto parece tan de ti.
Sin duda me podrás decir por qué, según tú, me enviaron allí. No
estoy molesto.
—¿Pero acaso no lo sabe? Lo enviaron allí porque es usted un
apóstata.
—¿Hablas en serio, Dick?
—Completamente.
—Esto es peor de lo que creía. ¿Crees, de verdad, que se castiga a
la gente por sus opiniones más honestas? Suponiendo, claro, para
seguir la conversación, que esas opiniones fueran erróneas.
—¿Acaso no cree usted que hay pecados de la inteligencia?
—Por cierto que sí, Dick. Hay los prejuicios más cerrados, la
deshonestidad intelectual, la pusilanimidad, el inmovilismo. Pero
las opiniones honestas, que se siguen sin miedo... no son pecado.
—Ya sé que solíamos conversar así. Lo hice hasta el final, cuando
me convertí en caso ejemplar de lo que usted llamaría estrechez
mental. Y todo depende de lo que llamemos opiniones honestas.
—Las mías lo eran, evidentemente. No sólo eran honestas, sino
heroicas. Las afirmé sin miedo. Cuando la doctrina de la
Resurrección dejó de satisfacer las facultades críticas con que Dios
me dotó, la rechacé abiertamente. Prediqué mi famoso sermón.
Desafié a toda la facultad. Corrí todos los riesgos.
—¿Qué riesgos? ¿Qué otra cosa podía resultar de todo ello aparte
de lo que efectivamente resultó..., popularidad, ventas para sus
libros, invitaciones, un obispado finalmente?
—Dick, esto no es digno de ti. ¿Qué estás insinuando?
—Amigo mío, no estoy insinuando nada. Vea usted, ahora sé.
Seamos francos. Nuestras opiniones no fueron tan honestas. Nos
encontramos, sencillamente, en contacto con* una determinada
corriente de ideas y nos sumergimos en ella porque nos pareció
moderna y exitosa. En la universidad empezamos a escribir
automáticamente el tipo de ensayos que servían para obtener
buenas calificaciones, diciendo el tipo de cosas que merecerían
aplausos. Me parece que nunca, en toda la vida, enfrentamos
honestamente, en soledad, la única pregunta en torno a la cual
gira todo: ¿ocurre, al cabo, lo sobrenatural? ¿Resistimos alguna
vez, realmente, la pérdida de nuestra fe?
—Si pretendes hacer un esquema de la génesis de la teología
liberal, en general, te respondo que eso es pan-fletario. ¿Me vas a
decir que hombres como...?
—No pretendo generalizar nada. Sólo me refiero a usted y a mí.
Oh, y como ama su propia alma, recuerde. Sabía que los dos
estábamos jugando con dados cargados. No queríamos que el otro
tuviera razón. Temíamos un salvacionismo burdo, el quiebre con el
espíritu del tiempo, el ridículo; temíamos especialmente los
verdaderos temores y esperanzas.
—No voy a negar que los jóvenes pueden cometer errores.
Pueden estar influidos por las modas de pensamiento. Pero no se
trata de cómo se forman las opiniones. El punto es que aquéllas
eran mis honestas opiniones, expresadas con sinceridad.
—Por supuesto. Si uno se deja a la deriva, si no resiste, si no reza,
si acepta cualquier demanda semicons-ciente de sus deseos, se
llega a un punto en que ya no se cree en la Fe. Del mismo modo,
un hombre celoso, a la deriva y sin fuerzas para resistir, puede
llegar a un punto en que cree cualquier mentira sobre su mejor
amigo; también el ebrio llega a un punto en el cual cree (de
momento) que otro vaso no le hará daño. Esas creencias son
sinceras en el sentido que efectivamente ocurren como sucesos
psicológicos en la mente.
Si eso me quiere usted significar con sinceridad, son sinceras, y lo
eran las nuestras. Pero los errores, sinceros en ese sentido, no son
inocentes.
—¡Estás a punto de justificar la Inquisición!
—¿Por qué? El que la Edad Media haya errado en una dirección,
¿acaso significa que no hay error posible en la dirección opuesta?
—Bueno, esto es extremadamente interesante —dijo el fantasma
episcopal—. Es un punto de vista. Por cierto que es un punto de
vista. Mientras...
—No hay mientras —respondió el otro—. Todo eso terminó. No
estamos jugando. Le he estado hablando del pasado (del suyo y
del mío) sólo para que lo deje usted para siempre. Basta un tirón y
saldrá el diente. Puede empezar como si nada hubiera ido mal.
Blanco como la nieve. Todo es verdad, verdadero, verá usted. El
está en mí, para usted, con ese poder. Y... he caminado mucho
para reunirme con usted. Ha visto el infierno. Está viendo, mejor,
tiene a la vista el cielo. ¿Se va a arrepentir, va a creer, ahora?
—No estoy seguro de estar entendiendo exactamente lo que me
quieres decir —dijo el fantasma.
—No estoy tratando de demostrar nada —respondió el espíritu—.
Le estoy diciendo que se arrepienta y que crea.
—Pero hijo querido, si ya creo. Es posible que no estemos
completamente de acuerdo, pero me estás juzgando muy mal si
no adviertes que mi religión es muy concreta y real y que la
estimo mucho.
—Muy bien —dijo el otro, como si cambiara de plan—. ¿Va usted a
creer en mí?
—¿En qué sentido?
—¿Vendrá conmigo a las montañas? Al principio le dolerá un poco,
hasta que se le endurezcan los pies. La realidad resulta dura para
los pies de sombra. ¿Pero vendrá usted?
—Bueno, sí que es un buen programa. Estoy dispuesto a
considerarlo. Por cierto, necesito de algunas garantías... Me
gustaría tener la seguridad de que me estás llevando a un lugar
donde se me ampliará la esfera de utilidad, donde tendrán mayor
alcance los talentos que Dios me ha concedido, donde el ambiente
será propicio para la libertad de pensamiento, en una palabra,
donde habrá lo que uno entiende por civilización y... uh... por vida
espiritual.
—No —dijo el otro—. No le puedo prometer nada de eso.
Ninguna esfera de utilidad; allí no le necesitan para nada. Ni el
menor alcance para sus talentos; sólo el perdón por haberlos
pervertido. Ningún ambiente propicio para la crítica: le llevo a la
tierra de las respuestas, no de las preguntas. Y verá el rostro de
Dios.
—¡Ah, pero debemos interpretar esas bellas palabras a nuestro
modo! No creo que exista nada semejante a una respuesta
definitiva.
El viento libre de la crítica debe seguir soplando siempre en la
mente, ¿o no? "Demuestra todo"... Viajar con esperanza es mejor
que llegar.
—Si eso fuera cierto, y se supiera que es cierto, ¿cómo podría
nadie viajar esperanzadamente? No habría nada que esperar.
—¿Pero verdad que sientes que hay algo de estrecho y rígido en la
idea de finalidad? El inmovilismo, querido muchacho... ¿Hay algo
más destructor del alma que el inmovilismo?
—Así lo cree, porque hasta ahora solamente ha experimentado la
verdad con la inteligencia abstracta. Le llevaré donde la podrá
saborear como si fuera miel, donde le abrazará como una novia. Y
le saciará la sed.
—Bueno, en verdad, verás, no creo que tenga una sed de alguna
verdad ya dispuesta y capaz de acabar con la actividad intelectual
del modo que pareces estar describiendo. ¿Me dejará libertad
mental, Dick? Tengo que insistir en ello.
—Quedará libre como es libre de beber el hombre mientras está
bebiendo. Sin embargo, no es libre entonces para estar seco.
El fantasma pareció pensar un instante.
—Esa idea no me conduce a ninguna parte —dijo al fin.
—¡Escuche! —expresó el espíritu blanco—. Alguna vez fue niño.
Alguna vez supo del objetivo de las preguntas. Hubo un tiempo en
que preguntaba porque quería respuestas y se alegraba cuando las
hallaba. Vuelva a ser ese niño. Incluso ahora.
—Ah, pero cuando me hice hombre, dejé de lado las cosas de niño.
—Se ha equivocado mucho. La sed se hizo para el agua; la
pregunta para la verdad. Lo que hoy llama juego libre de la crítica
tiene tanto que ver con los fines para los cuales se le concedió
inteligencia como la masturbación con el matrimonio.
—Si no podemos ser respetuosos, por lo menos tampoco es
necesario ser obscenos. La insinuación de que debo regresar a la
infancia para recuperar la capacidad de preguntar por los hechos
me parece impertinente. En cualquier caso, este asunto de la
concepción del pensamiento como ejercicio de preguntas y
respuestas sólo atañe a materias de facto. Las preguntas religiosas
y especulativas pertenecen, sin duda, a otro nivel.
—Aquí no sabemos nada de religión; sólo pensamos en Cristo.
Nada sabemos de especulaciones. Venga y verá. Le llevaré al
Hecho Eterno, al Padre de todo lo factible.
—Debo objetar vigorosamente esa descripción de Dios como
"hecho". Valor Supremo sería, seguramente, una descripción
menos inadecuada. Resulta difícil...
—¿Ni siquiera cree que existe?
—¿Existe? ¿Qué significa existencia? Siempre estás suponiendo
una suerte de realidad' estática, ya dispuesta, que está, digamos,
"allí", y a la cual nuestra mente tiene, sencillamente, que
adaptarse.
Estos grandes misterios no se pueden enfocar así. Si hubiera tal
cosa (y no hace falta que me interrumpas, querido muchacho),
francamente, no me debería interesar. No tendría significación
religiosa alguna. Dios, para mí, es algo puramente espiritual. El
espíritu de la dulzura, de la luz, de la tolerancia y... uh... del
servicio, Dick, servicio. No debemos olvidar eso, verás.
—Si la sed de la razón verdaderamente ha muerto... —dijo el
espíritu, y se interrumpió, ponderando lo que pensaba—. ¿Pero
puede, por lo menos —agregó de súbito—, desear todavía la
felicidad?
—La felicidad, mi querido Dick —dijo el fantasma, con placidez—,
la felicidad, como advertirás cuando seas mayor, yace en el
sendero del deber. Lo cual me recuerda... Bendita sea mi alma,
casi me olvido. Por supuesto que no puedo ir contigo. Tengo que
regresar el viernes a leer una comunicación. Allá abajo tenemos
una pequeña sociedad teológica. ¡Oh, sí! Y hay gran actividad
intelectual.
Quizás de no muy alta calidad. Se advierte cierta incapacidad de
precisión... , cierta confusión mental. En eso les puedo ser de
alguna utilidad. Incluso hay celos lamentables... No sé por qué,
pero el temperamento general parece menos controlado que
antes. No obstante, uno no debe esperar demasiado de la
naturaleza humana.
Creo que puedo realizar una gran obra entre ellos. ¡Pero ni
siquiera me has preguntado de qué trata mi comunicación! Me
estoy apoyando en el texto sobre crecer a la medida de la estatura
de Cristo, y trabajando una idea que estoy seguro te va a
interesar. Voy a destacar que la gente siempre olvida que Jesús —
en este momento el fantasma se inclinó— era un hombre
relativamente joven cuando murió. Habría superado alguno de sus
iniciales puntos de vista, sabrás, si hubiera vivido más. Y lo mismo
habría hecho con un poco más de tacto y paciencia. Le voy a
preguntar a mi público cuáles habrían sido sus ideas maduras. Una
pregunta del más profundo interés. ¡Qué cristianismo diferente
habríamos tenido si sólo su fundador hubiera alcanzado toda su
estatura! Voy a finalizar señalando cómo esto ahonda la
significación de la cruz. Por primera vez uno siente el desastre que
fue: qué desperdicio más trágico...
Tanta promesa interrumpida. Oh, ¿te tienes que marchar? Bueno,
yo también. Adiós, querido muchacho. Ha sido un placer. Muy
estimulante y provocativo. Adiós, adiós, adiós.
El fantasma saludó con la cabeza y sonrió al espíritu con su sonrisa
clerical más brillante —o con la mejor aproximación que sus
insustanciales labios podían controlar— y se volvió, entonando
para sí mismo "Ciudad de Dios, qué grande y distante".
Pero no lo seguí mirando. Acababa de tener otra idea. Si la hierba
era dura como roca, pensé, ¿no sería también dura el agua como
para caminar por ella? La toqué con un pie; no me hundí. Me
instalé, audazmente, en esa superficie. Caí de cabeza y me hice
más de una molesta magulladura. Olvidé que si bien era sólida
también estaba en movimiento; y rápido. Cuando volví a
incorporarme, ya estaba a unos diez metros del punto donde había
abandonado la hierba. Pero esto no me impedía caminar contra la
corriente; sólo significaba que avanzaba muy poco por más rápido
que fuera.
5
La superficie fría y suave del agua brillante resultaba una delicia
para mis pies. Caminé más de una hora. Avancé unos doscientos
metros. La marcha era más difícil. La comente iba a mayor
velocidad. Espuma, islas de espuma, se precipitaban contra mí, me
golpeaban como piedras si no me apartaba. La superficie se volvió
irregular, se redondeaba en huecos y en eminencias de agua que
distorsionaban el aspecto de las piedras del fondo y me privaban
de equilibrio. Debí arreglármelas para volver a la ribera. Esos
alrededores eran de grandes piedras planas y pude continuar viaje
sin dañarme los pies. Un ruido inmenso, pero amable, reverberaba
en la selva. Horas después, al rodear una saliente,vi la explicación.
Ante mí había verdes colinas que creaban un amplio anfiteatro y
encerraban un lago espumoso y ondeante en el cual caía, entre
rocas de colores, una vertiente. Una vez más advertí que algo les
estaba sucediendo a mis sentidos. Recibían impresiones que
normalmente habrían excedido su capacidad. Esa vertiente era en
realidad una catarata y, en tierra, nunca la habría percibido
enteramente: era demasiado grande. Su sonido habría producido
terror en kilómetros a la redonda. Aquí, después de la primera
impresión, la sensibilidad se me adaptó tal como un barco bien
construido se adapta a las grandes olas. No cabía en mí de
felicidad. O de alegría. El ruido, aunque gigantesco, era como la
risa de gigantes, como el alboroto de toda una congregación de
gigantes que rieran, danzaran, cantaran, rugieran de gozo en sus
trabajos.
Cerca del lugar donde se hundía la vertiente en el lago había un
gran árbol. Empapado de humedad, velado por la espuma,
reverberando con los innumerables pájaros brillantes que volaban
entre sus ramas, se alzaba en muchas formas de amplísimo
follaje, enorme como nube de pantanos. Manzanas de oro
resplandecían entre las hojas mirara uno donde mirara.
Una súbita aparición, en primer plano, me distrajo la atención.
Un arbusto espinoso, a no más de veinte metros, parecía
comportarse de modo extraño. Noté entonces que no era el
arbusto, sino algo que estaba de pie, muy cerca, junto al arbusto.
Advertí, finalmente, que era uno de los fantasmas. Se agachaba,
como para ocultarse de algo más allá. Me miraba y me hacía
señas. Me estaba indicando que también me ocultara. Como no
podía ver de qué se trataba ni cuál era el peligro, me moví lo más
rápido que pude.
En esos momentos, el fantasma, después de mirar atentamente en
todas direcciones, se aventuraba más allá del arbusto. No podía
avanzar muy rápido, debido a la hierba que le torturaba los pies,
pero era obvio que marchaba a la mayor velocidad que podía y
directamente hacia otro árbol. Allí se detuvo otra vez. Se quedó
pegado al tronco como si tratara de protegerse. Ahora le cubrían
las sombras de las ramas y pude verle mejor: era el tocado de
elegante sombrero, a quien el fantasma grande había llamado
Ikey. Se quedó, jadeando, junto al árbol cerca de diez minutos. No
dejaba de observar el terreno con sumo cuidado. Hasta que volvió
a precipitarse hacia otro árbol, si es que podemos hablar de que
fuera posible allí precipitarse a nada. De este modo, con infinito
cuidado y trabajo no menos infinito, tardó una hora en llegar al
gran árbol. Es decir, llegó a unos diez metros del gran árbol.
Allí lo detuvieron. Había un cerco de lirios alrededor del árbol, un
obstáculo insuperable para el fantasma. Tratar de pasar por
encima era tan difícil como arrastrarse por una trinchera
antitanque.
Se lanzó al suelo y trató de reptar entre los lirios, pero estaban
muy cerca unos de otros y no se doblaban. Todo el tiempo parecía
ser presa del terror de lo desconocido. Cada susurro del viento lo
hacía detenerse y vacilar. Una vez el canto de un pájaro lo hizo
regresar a toda prisa hasta su escondite anterior. Pero
nuevamente el deseo lo impulsaba a arrastrarse hacia el árbol. Le
vi apretarse las manos y estremecerse de frustración.
El viento parecía aumentar. Vi que el fantasma apartaba una mano
y se metía el pulgar en la boca. Se la había dañado sin duda con
los lirios que agitó el viento. Hubo entonces una ráfaga violenta.
Las ramas del árbol se estremecieron. Media docena de manzanas
cayeron junto al fantasma. Alguna le cayó encima. Gritó, pero se
controló de inmediato. Pensé que el peso de la manzana dorada
podía incapacitarlo. Y, por cierto, tardó varios minutos en
incorporarse. Se quedó temblando, tratando de curarse las
heridas.
Pero pronto estaba otra vez trabajando. Pude ver que intentaba,
febrilmente, llenarse los bolsillos de manzanas. Era inútil, por
supuesto. Sus ambiciones fracasaban a ojos vista. Abandonó la
idea de los bolsillos llenos; bastaría con dos. Abandonó la idea de
dos; bastaría con una, con la mayor de todas. Abandonó esa
esperanza.
Buscaba ahora la más pequeña. Trataba de encontrar alguna lo
bastante pequeña para llevársela.
Lo sorprendente fue que lo consiguió. Cuando recordé lo que
pesaba esa hoja que traté de levantar, no pude menos que
admirar a esa infeliz creatura cuando la vi, vacilando sobre sus
pies, pero realmente con la más pequeña de las manzanas en la
mano. Estaba agotado por sus heridas, doblado en dos por el
peso. No obstante, a pesar de todo eso, centímetro a centímetro,
todavía buscando refugio en todo sitio apropiado a ese efecto,
inició su vía dolorosa hacia el autobús con su tortura a cuestas.
—Loco. Déjala —dijo de súbito una gran voz.
Era completamente distinta a toda voz que hubiera escuchado
antes. Era atronadora y al mismo tiempo cristalina. Tuve la
asombrosa certidumbre de que era esa catarata la que estaba
hablando. Y vi ahora (aunque no cesaba de parecer una gran
vertiente) que era un gran ángel brillante lo que allí estaba
situado, como en cruz, contra las rocas y vertiéndose
continuamente hacia la selva con ruidosa alegría.
—Loco —dijo—, déjala. No puedes llevártela. No hay sitio para ella
en el infierno. Quédate aquí y aprende a comer esas manzanas.
Las mismas hojas y la misma hierba del bosque gozarán
enseñándote.
Ignoro si el fantasma escuchó. En cualquier caso, luego de una
pausa de algunos minutos, se sumergió otra vez en sus agonías y
continuó con mayor cuidado aún hasta que lo perdí de vista.
6
Si bien contemplé con cierta complacencia las desventuras del
fantasma del sombrero, noté, cuando me hallé solo, que no podía
soportar la presencia del gigante del agua. Al parecer no me
prestaba la menor atención, pero empecé a ser consciente de mí
mismo. Creo que había más de alguna fingida displicencia en mis
movimientos cuando me retiré caminando por las rocas planas,
torrente abajo de nuevo. Empezaba a sentirme cansado. Observé
un pez de plata que avanzaba velozmente cerca del lecho del río.
Ojalá esas aguas resultaran permeables para mí también. Me
habría gustado una inmersión.
—¿Pensando en regresar? —dijo una voz, muy cerca.
Me volví y me encontré con un alto fantasma apoyado contra un
árbol, chupando un fantasmal habano. Era la voz de un hombre
delgado, casi escuálido, de pelo encrespado y gris; no una voz sin
educación. Era el tipo de persona que instintivamente me inspira
confianza.
—No lo sé —le dije—. ¿Y usted?
—Sí —me contestó—. Creo que ya he visto todo lo que hay que
ver.
—¿No piensa quedarse?
—Es pura propaganda —dijo—. Por supuesto que nunca han
pretendido que nos quedemos. La fruta no se puede comer ni se
puede beber el agua; te ocuparía toda una vida caminar cierta
distancia en esta hierba. Aquí no puede vivir un ser humano. Toda
esa idea de quedarse no es más que truco de propaganda.
—¿Entonces por qué vino usted?
—Oh, no lo sé. Sólo para echar un vistazo. Soy del tipo que gusta
de ver las cosas por sí mismo. Allí donde he estado siempre echo
un vistazo a cualquier cosa que está por desmoronarse. Cuando fui
al Oriente, fui a Pekín. Cuando...
—¿Cómo estaba Pekín?
—Nada de nada. Una muralla tras otra. Un truco para turistas. He
estado muy bien en todas partes. Cataratas del Niágara,
pirámides, Salt Lake City, el Taj Mahal...
—¿Y cómo era eso?
—No valía la pena. Son todos trucos publicitarios. Las mismas
personas lo manejan todo. Hay una conspiración, sabrá usted, una
conspiración mundial. Toman un atlas y deciden dónde hay un
panorama digno de verse. No importa lo que escojan: cualquier
sitio es lo mismo siempre que se maneje bien la publicidad.
—¿Y usted ha vivido... uh... allá abajo... en la ciudad... algún
tiempo?
—¿En lo que llaman infierno? Sí. También falso. Te hacen esperar
fuego y demonios y todo tipo de gente interesante engrillada —
Enrique VIII y todo eso—, pero cuando llegas allí no es sino una
ciudad más.
—Prefiero estar aquí —le dije.
—Bueno, no sé qué sentido tiene esta charla —dijo el fantasma
escuálido—. Esto me parece tan bueno como cualquier otro
parque, y condenadamente incómodo.
—Parece existir la idea de que si uno se queda aquí se va a...
bueno... se va a volver más sólido, se va a aclimatar.
—Ya conozco todo eso —agregó el fantasma—. La misma mentira
vieja. La gente me ha estado contando ese tipo de cosas toda la
vida. De niño me dijeron que si era bueno sería feliz. Y en la
escuela me enseñaron que el latín sería más fácil a medida que
progresara. Al mes de casado, un imbécil me dijo que al principio
siempre había dificultades, pero que con tacto y con paciencia todo
se arreglaba, ¿y acaso no me han dicho durante dos guerras
mundiales de la buena época que vendría si sólo era buen
muchacho y dejaba que me dispararan a matar? Y por cierto que
van a jugar aquí el mismo juego si hay un solo imbécil que los
escuche.
—¿Pero quiénes son "ellos"? Quizás esto lo dirija alguien distinto.
—¿Una gerencia completamente distinta? ¡No se lo crea! Nunca
hay una gerencia nueva. Siempre se hallará con el mismo viejo
círculo. Lo sé todo, querido, la mamá tan amable que te visita en
el dormitorio y te sonsaca todo lo que quiere saber, pero siempre
te toparás con que ella y tu padre siguen tan firmes, como si nada.
¿Acaso no hemos descubierto que los dos bandos de todas las
guerras estaban dirigidos por las mismas compañías de
armamentos?
O por la misma firma, que está detrás de los judíos y del Vaticano
y de los dictadores y de las democracias y de todo el resto. Y todo
este asunto de aquí arriba está manejado por la misma gente de la
ciudad de abajo. Se están riendo de nosotros.
—¿Pero no están en guerra?
—Por supuesto que usted se lo cree. Es la versión oficial. ¿Pero
quién ha visto alguna evidencia de eso? Oh, ya sé que así hablan.
Pero si hubiera alguna guerra de verdad, ¿por qué no hacen nada?
¿No se da cuenta de que si la versión oficial fuera verdadera esta
gente de acá arriba ya habría atacado y barrido a la ciudad de
abajo?
Tienen la potencia para hacerlo. Si quisieran rescatarnos ya lo
habrían hecho. Pero es obvio que lo último que desean es acabar
con esa "guerra." Todo el juego depende de que continúe
funcionando.
Este relato me pareció incómodamente plausible. No dije nada.
—En cualquier caso —continuó el fantasma—, ¿quién quiere que lo
rescaten? ¿Qué diablos habría que hacer aquí?
—¿Y qué hay que hacer allá? —dije yo.
—Nada —respondió el fantasma—. Nos tienen de ambos lados.
—¿Y qué le gustaría hacer si pudiera? —pregunté.
—¡Allá vamos! —exclamó el fantasma, en tono algo triunfal—.
Me está pidiendo a mí que haga un plan. ¿Pero acaso no
corresponde a la gerencia hallar algo que no nos aburra? Es su
trabajo. ¿Por qué vamos a hacerlo en su lugar? En esto,
justamente, los moralistas han puesto las cosas de cabeza. No
cesan de pedirnos que cambiemos.
Pero si la gente que maneja el espectáculo es tan inteligente y
poderosa, ¿por qué no inventa algo adecuado para su público?
Toda esa charla sobre endurecerse para que la hierba no nos hiera
los pies... ¡Ahora! Un ejemplo: ¿qué diría usted si llega a un hotel
donde todos los huevos están podridos y cuando se queja al jefe,
éste, en lugar de disculparse y de cambiar de proveedor, le dice a
usted que si hace un esfuerzo los huevos podridos le llegarán a
gustar? Bueno, mejor seguir la marcha —dijo el fantasma tras un
breve silencio—.
¿Me acompaña?
—No parece tener mucho sentido acompañarle a ninguna parte —
contesté, aquejado ya de un gran cansancio—. Aquí, por lo menos,
no llueve.
—Por ahora no —dijo el fantasma escuálido—. Pero nunca he visto
que estas mañanas brillantes no terminen en lluvias. ¡Y, demonios,
si llega a llover! ¿No se le ha ocurrido pensar que con el agua que
hay aquí cada gota de lluvia le hará un agujero como el de una
ametralladora? Esa es la bromita de éstos, verá usted. En primer
lugar te asombran con un suelo por donde no puedes caminar y
con agua que no puedes beber y después te agujerean entero.
Pero a mi no me van a cazar así. Se marchó pocos minutos más
tarde.
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