viernes, 26 de agosto de 2011

A UN DOMADOR DE CABALLOS

Gente, este es el texto para el café del 18 de septiembre.


A UN DOMADOR DE CABALLOS

Leopoldo Marechal
(1938)

Cuatro elementos en guerra
forman el caballo salvaje.
Domar un potro es ordenar la fuerza
y el peso y la medida: Es abatir la vertical del fuego y enaltecer la horizontal del agua;
poner un freno al aire,
dos alas a la tierra.

¡Buen domador el que armoniza y tañe las cuatro cuerdas del caballo!
(Cuatro sonidos en guerra
forman el potro salvaje.) Y el que levanta manos de músico y las pone
sobre la caja del furor, puede mirar de frente a la Armonía que ha nacido recién y en pañales de llanto. Porque domar un potro
es como templar una guitarra.

¡Domador de caballos y amigo que no pone
fronteras de amistad, y hombre dado al silencio como a un vino precioso!
¿Por qué vendrás a mí con el sabor
de los días antiguos, de los antiguos días abiertos y cerrados
a manera de flores?

¿Vienes a reclamar el nacimiento de un prometido elogio, domador de caballos? (Cordajes que yo daba por muertos resucitan: recobran en mi mano el peligroso desvelo de la música.)

Simple como un metal, metal de hombre, con el sonido puro de un hombre y un metal;
obscuro y humillado, pero visible todavía el oro de una nobleza original que dura
sobre tu frente. Hombre sin ciencia, mas escrito de la cabeza hasta los pies con leyes
y números, a modo
de un barro fiel; y sabio en la medida de tu fidelidad. Así vienes, amigo sin fronteras,
así te vemos en el Sur; y traes la prudencia ceñida a tus riñones;
y la benevolencia, como una flor de sal, en tu mirada se abre para nosotros, domador.

¡Edificada tarde!
Su inmensa curva de animal celeste
nos da la tierra: somos dos hombres y un domador de caballos puestos en un oficio musical. Hombre dado al silencio como a un vino precioso,
te adelantas ahora: en tu frente la noble costumbre de la guerra
se ha dibujado como un signo, y la sagacidad en tu palabra
que no deshoja el viento.

¿Qué forma obscura tiembla y se revuelve
delante de nosotros? ¿Qué gavilla de cólera recoge
tu mano, domador? (Cuatro sonidos en guerra forman el potro salvaje.)

Somos dos hombres y un domador de caballos, puestos en un oficio musical.
Y el caballo es hermoso: su piel relampagueante
como la noche; con el pulso del mar, con la graciosa
turbulencia del mar; amigo en el origen y entregado a nosotros en el día más puro de su origen; hecho a la traslación, a la batalla y a la fatiga, nuestro signo.

El caballo es hermoso como un viento
que se hiciera visible; pero domar el viento es más hermoso,
y el domador lo sabe.
Y así lo vemos en el Sur: jinete
del río y de la llama;
sentado en la tormenta del animal que sube como el fuego, que se dispersa como el agua viva; sus dedos musicales afirmados
en la caja sonora, y puesta su atención en la Armonía que nace de la guerra, flor de guerra.

Así lo vimos en el Sur; y cuando,
vencedor y sin gloria, hubo estampado en el metal caliente de la bestia su sello y nuestras armas, ¡amigo sin riberas!, lo hemos visto
regresar al silencio,
obscuro y humillado, pero visible todavía el oro de una realeza antigua que no sabe
morir sobre su frente.
Su nombre: Domador de Caballos, al Sur. Domador de caballos, no es otra su alabanza.

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